jueves, 30 de abril de 2020

Cómo ahogarse de una forma segura

Mientras los mares todavía escuchaban un capitán de barco navegaba rodeado de mapas, instrucciones y estadísticas. Aturdía a sus marineros con protocolos, cálculos y formularios, que pensaba, muy obstinado él, servirían a los suyos para afrontar cualquier adversidad del océano y sus criaturas. Era tanta la insistencia con la que instaba a los suyos a memorizarlos que estos, hartos ya de no practicar lo que más amaban, comenzaron a recelar del capitán. Algunos hablaban de motines, y otros, los más temerosos o cautos, preferían cumplir servilmente las órdenes de aquel. 

Pero llegó un día en que una fuerte tormenta se apoderó del barco y el mástil cayó partiendo en dos la nave. El caso es que, y aquí lo llamativo de la historia, mientras el capitán, muy obstinado él, y también muy ciego, continuaba instando a los marineros a memorizar pautas sobre cómo achicar el agua o preparar los botes salvavidas, y mientras los suyos seguían asintiendo o discutiendo sobre ellas, fueron todos llenándose de agua, y llenándose, hasta casi desaparecer...

Todavía se cuenta de un superviviente, que no sabía leer, que vio al capitán por última vez lamentándose de haber olvidado un manual que llevaba por título Cómo ahogarse de una forma segura.


lunes, 27 de abril de 2020

Errores de época

Día 45.

Entre las ilusiones de nuestra época está la de considerar que los accidentes se producen por errores técnicos, ya sea provocados por un fallo en la maquinaria o de quien la pilota. Y así nos lo cuenta la historia del Titanic y de su hundimiento, símbolo esplendoroso de todo un optimismo tecnológico que devino en catástrofe. Sin embargo, lo que se escamotea a quienes no ven el lado sombrío de las cosas, el veneno disuelto en el vaso, la herrumbre en el metal, es que los accidentes son consecuencia de lesiones que se produjeron mucho antes. El error, que ahora en tiempos pandémicos vuelve a aflorar, no fue no divisar el iceberg, sino pensar que el Titanic podría atravesar icebergs. No es un error individual, sino de época. No es un error de cálculo, sino de credo. La consecuencia de asumir esta incorrección, este viraje en el punto de mira, bien podría ser plantear, de una vez, una educación que no busque la conquista y la perfección sino la verdad y la prudencia.


"¿Por qué las mentes que han puesto en peligro y modificado nuestra vida de una manera tan inquietante e imprevisible no se contentan con desencadenar y dominar fuerzas monstruosas, y con la gloria, el poder y la riqueza que afluye hacia ellos? ¿Por qué se empeñan además en ser santos a tout prix? (Ernst Jünger, Abejas de cristal)

domingo, 26 de abril de 2020

Reclusiones de ramas y paja

Día 44.

Uno de tantos placeres de la infancia era recluirme secretamente y dejarme llevar por el momento. Momento sin prisas, cuando no urgía ningún quehacer y no apremiaban los otros con sus atenciones. Podía ser en una de aquellas cabañas que construíamos con ramas y paja, sacados de cualquier era, en el último de los pisos en construcción que por entonces sellaban pueblos y ciudades, o mucho más en la intimidad, en la bañera sumergiéndome con los playmobil de siempre y aquellas esponjas coloreadas que chorreaban el agua tibia al aviso de nuestras madres.


Una de aquellas veces, de pie sobre uno de los bancos de madera de mi primer colegio, el único que todavía yace empotrado en las paredes amarillas, me sentí especialmente recluido. Tanto, que temí no volver a los demás. Sin nadie que lo advirtiera una concentración de luz irradió de un solo punto, perdiéndose cuanto ahí fluía en una sordomudez que todavía en las tardes de otoño persiste. Comprendí entonces que nada de lo que hiciera podría tener, jamás, verdadero valor. El caso es que durante años resté importancia a tamaña impresión, pero es ahora, en los momentos en los que el mundo parece desvanecerse como aquella primera vez, cuando veo a la luz de entonces formar las palabras y los gestos.

En los terrenos que nos ocupan, sólo hay conocimiento a modo de relámpago.
El texto es el largo trueno que después retumba. 

Walter Benjamin

sábado, 25 de abril de 2020

En los días que la hierba crece y sólo crece

Cuenta el mito de la caverna que tenemos sólo rastros de la Belleza que un día perdimos, y en los días que la hierba crece y sólo crece ni siquiera eso. Lo que no sabía Platón es que, también, las palabras albergan lo bello:

De mi padre,

Esa hierba

Esa hierba no tendrá nombre siquiera
nadie la pisa porque sólo brota en las afueras
y no nació para ser linde de augustos caminos
ni para morir las mañanas de domingo
entre los dientes de una máquina guiada por fatigados brazos
antes del vermú

es una hierba que no exhibe mas que su misma presencia
que nadie ve

cuando florece tímida
en un mundo que parece de nadie
una mariposa la alcanza
tras gastar toda su vida en encontrarla
y bebe de su flor

si supiera
la mariposa cantaría con una voz extraña
para dar las gracias por haber nacido
por haber volado en el deseo
por estar bebiendo en esa hora
en esos labios

después
a la hierba
le quedará sólo esperar el otoño
y a la mariposa
emprender el vuelo que le lleve al aire ilimitado
a la disolución
al invisible laberinto donde habitan los obreros que tejen la belleza

ése será el vuelo que sostenga
toda la felicidad que pueda contener el universo

Miguel Porcel
23, abril, 2020

                                José Antonio Porcel, Paisaje

viernes, 24 de abril de 2020

Nuevos Aladinos

Hay amenazas frente a las que siempre habrá que estar en guardia...

Cuando me adentré por primera vez en Las mil y una noches, durante mis años universitarios de Salamanca, y llegué a la noche de Aladino y la princesa Budur, me pregunté qué sería de nuestro mundo si la lámpara fuera a caer a unas manos tan ingenuas como las de Aladino y tan feroces como la pasión que sentía por su amada. La lámpara no era como la fórmula de la invisibilidad o la naturaleza mejorada de héroes de los ochenta como Batman o Robocop, que beneficiaban básicamente a quien las disfrutaba. La lámpara prometía cambios en pueblos, ciudades, y más allá, de continentes enteros, pues el único freno de su poder residía en el letargo o el agotamiento de su portador. Veía la lámpara como un peligro enorme, no sólo porque obedeciera a deseos sin atender a cuestiones morales sino por ser objeto potencial de codicia universal.


En lo que no reparé es por qué tenía que ser frotada para hacer salir al genio, esto es, para activarla o hacerla funcionar. Un gesto que, indudablemente, nos pone en contacto con el cuerpo, con el tacto y el ser a la mano; en definitiva, con la naturaleza que todavía nos vincula, como nada lo podrá hacer, a las cosas y a los otros. Que el deseo necesite de la materia y que la materia necesite de la forma (o de la técnica) es algo en lo que sí han tenido que reparar las grandes amenazas globales:

"Pues todavía llegaremos a experimentar cómo las modernas bio-ciencias se convierten en una tentación para la política. Los proyectos de transformación, castigo y «mejora» del hombre recibirán un nuevo impulso. La amenaza del futuro no se cifra tanto en una nueva edición del fascismo nacional, cuanto en el moderno «bio-fascismo». Por bio-fascismo entendemos el trabajo con el «material humano» bajo la perspectiva de lo que puede hacerse o manipularse sin límites. En un nuevo nivel tecnológico y desde el trasfondo de una población excesiva, la eugenesia y la destrucción de «la vida que no merece vivir» pueden convertirse de nuevo en un tema actual." (El Mal, Rüdiger Safranski)

jueves, 23 de abril de 2020

La pesada carga de no poder ser yo

A los míos,

Decía Borges que si de algo nos libera la muerte es de la pesada carga diaria de ser yo. Y no faltando razón, en estos días desprovistos de sus soles y sus lunas, más bien, la carga es la de no poder ser yo. O eso vivo cuando no me siento realizado abriendo a mis alumnos el libro diario, o dejándome acariciar por el sol del mediodía en ese primer café junto a los tuyos. O en parques y paseos, cuando de la mano amiga te invadía la complicidad de quienes se cruzaban y, en aquellas noches de eras negras, estrellas avivaban hasta hacer grande tu insignificancia. 



Ese yo de antes, ¿dónde ha quedado ahora que no puedes interpelar ni ser interpelado? ¿Y dónde si ya no puedes apagar la vela junto a los tuyos en tu cumpleaños? ¿O celebrar bautizos y enterramientos bajo las nubes de nadie? Una pesada carga, la de no poder ser yo, que ahora despierta contigo todos los días contagiando incluso la dulzura del primer sueño. Una pesada carga, la de no poder ser yo, que nos abre al otro de una manera desconocida, como la del mármol que se aparece a quien es incapaz de tocar o la de la luz a quien es incapaz de mirar.

Empaquetado de virus


Tampoco la virulencia de la pandemia ha podido siquiera enfriar el culto al rendimiento y la rentabilidad, sino que, más bien, habiendo sido integrada desde el principio a la maquinaria de la explotación y la rentabilización, confirma una vez más el orden económico mundial existente. Por más que emerja la nostalgia de tiempos donde aún eran posibles la disolución y el resquebrajamiento de valores poderosamente forjados, y de los que aparecieron obras, hoy impensables, como La peste, de Camus, La náusea, de Jean Paul Sartre o Si esto es un hombre, de Primo Levi, el nuevo virus, desde su nacimiento debidamente etiquetado y empaquetado, no hará sino, una vez más, confirmar la espectacularidad de la nueva moralidad televisada. Y es que en sociedades como la nuestra en las que el nihilismo ya no es posible, y no porque nadie esté dispuesto a morir por las ideas sino porque no hay batalla donde sea posible el combate, parece que la única resistencia es conciliarse con las fuerzas indómitas y sacar, aunque sea de entre los muertos, una pedazo de ti mismo. 


"El ser humano ha penetrado demasiado en las construcciones y ahora es valorado en poco y pierde pie. Esto lo acerca a las catástrofes, a los grandes peligros y al dolor. Y estas cosas lo arrastran a lugares donde no hay caminos, lo llevan hacia la aniquilación. Lo sorprendente, empero, es que es precisamente ahí, es justo en la proscripción, en la condena, en la huida donde el ser humano establece contacto consigo mismo en su sustancia indivisa e indestructible. De esta manera atraviesa los espejismos y adquiere conocimiento del poder que tiene." (La emboscadura, Ernst Jünger)