martes, 16 de junio de 2015

Sólo iré a donde no pueda llegar tarde

Nuestro querido colaborador Miguel Porcel nos regala este poema que sitúa al lector ante la encrucijada en que, una vez más, consiste la vida. Por un lado, la vida, la nuestra, nuestros empeños y acciones, sólo adquieren valor y sentido porque la sabemos finita, limitada (¿qué valor podríamos dar a nuestras acciones si nos supiéramos eternos? Ninguno, pues siempre quedaría la posibilidad de posponer nuestros empeños. Lo mismo que a la luz de lo infinito, las cantidades se anulan; a la luz de la eternidad, el valor de lo temporal desaparece) Pero, por otro lado, como alude el poema, porque la vida es temporal, abocada a un término, esa proximidad al fin, ese tiempo de tránsito, justamente nos devuelve la lucidez que a fuerza de empeñarnos habíamos perdido, y por la que recordamos que al final, vaciados ya de esperanzas, sólo seremos, nada más. Huimos de la temporalidad inventándonos eternidades, tratando de ser esto o aquello, pero al final, cuando atisbamos la primera sombra, “hija de la primera luz”, bendecimos la esperanza de no esperar más, el sosiego de no vivir desasosegados ("No esperaré nada a sus pies") 

Por fin dejamos de vivir movidos por el deseo de ser lo que no somos; por fin simplemente somos, afirmación del ser, existencia sintiéndose existir, pura dicha.

En fin, disfruten del poema:


Sólo iré a donde no pueda llegar tarde,

Sólo iré a donde no pueda llegar tarde,
allí donde la higuera  haya estado esperándome desde el  primer día
dando sus frutos, sin embargo, con los ojos cerrados a cualquier boca y voluptuosidad.
Fuere la hora que fuere a mi llegada
me acogerá la primera sombra, hija de la primera luz,
y en ella llevaré el fruto a mi boca seca de la espera
y  me llenaré de todas las noches y humedades que hayan sido
y que han dormido  en su sabrosa dulzura.

No esperaré nada a sus pies,
sólo seré
tal vez representado por el silencio que habrá recogido todas las voces en su vientre
por lo que, llegado el nuevo día, un siguiente big bang desparramará el conocimiento allí contenido
que cada uno armará de nuevo.

Y ella estará allí,
esperándome,
será casi de noche, pero ya de día,
bendeciré, puede decirse, su presencia,
la oleré con el  beso primero repetido,
el incienso  llenará el aire y lo que hay más allá del aire,
las campanas se oirán
y  ya no habrá más que cuerpos alados
yéndose a la campiña o al mar de donde nace la espuma
y el blanco y la luz que envuelve a los ciegos y a los que dicen ver.

Miguel Porcel      

2, 3 de junio de 2015

3 comentarios:

M. A. Velasco León dijo...

David, lo siento mucho, pero nuestro discurso, el de filósofos, resulta seco y desteñido ante la rotundidad, viveza y riqueza de matices del poema. Felicita al colaborador.

David Porcel Dieste dijo...

Así es Miguel Ángel. Me alegro que te haga gustado el poema. Le transmito tu felicitación. Un abrazo.

rocio alonso dijo...

Una vez más se demuestra que allí donde no llega el discurso racional, lo hace la poesía. Y de una forma tan hermosa...