lunes, 1 de abril de 2019

Hay que hablar las cosas

A veces a uno le sobrevienen acontecimientos que siente la necesidad de compartir con quien se encuentra ahí, al otro lado, en los departamentos, la lejanía del pasillo, o incluso, a veces, tras libros de estantes amontonados. Es sabido que en la comidilla de algunos cafés se hablaba de que "hay que hablar las cosas", como si fuéramos seres sin habla y sólo por gracia divina ésta nos fuera concedida. "Hay que hablar las cosas", como si también de algo natural tuviera que hacerse imperativo. Y, sin embargo, qué raro nos sonaría decirnos "hay que respirar", o "hay que hacer el amor". De amores, no siempre va la cosa. A veces, intereses y temores bloquean nuestra habla haciéndola estéril, y hueca, como esos relojes de Fresas salvajes que no podían dar la hora. Y haciéndonos proferir palabros y tecnicismos que, en el fondo, no significan nada, o significan nada, diría en su ocaso Nietzsche.
 
¿Pero cómo hemos llegado a una situación por la que el habla, aquel habla natural y amada, tiene ahora que regirse por imperativos? ¿Cómo hemos llegado a tener que convocar reuniones, o comisiones, o comidillas y conciertos, para poder hablar? ¿Tan lejos estamos los unos de los otros? ¿O tan cerca que ya no nos distinguimos? Cuando movido por la pasión consagré la vida a algo, que no es poco en este mundo de autómatas, no pensé que tendría que ponerme a hablar, algún día, en alguna sala, ante miradas inquisitivas y relojes que sí dan la hora, sobre libertades, conocimientos y amores. ¿Porque podemos hablar, si de verdad hablamos, sobre realidades que no formen ya parte de nosotros?
 
Que las máscaras queden fuera, ahí, en los boletines, protocolos, y más proyectos, sin término y sin comienzo. Queden fuera, de nuestra voz, porque es lo que tenemos, y lo que somos. Y ojalá, todavía, aunque sea en una sala de relojes vacíos de hora, allí donde las noches nos pasan, podamos hablar, y seguir hablando.

15 comentarios:

bellamontana13 dijo...

Muy bellas y sabias reflexiones, David. Hoy las palabras se esconden tras las pantallas de móvil, de tabletas, de mensajes rápidos que apenas leemos. Sólo cuando tenemos enfrente a otra persona podemos observar su mirada, el aleteo de su nariz, seguir sus gestos y sus manos. Y entonces quizás, sólo quizás, igual nos entendemos.
Isabel Sepúlveda.

David Porcel Dieste dijo...

¡Qué bonito, Isabel! Y para eso hace falta estar cerca, y darse tiempo, y dar tiempo. Un abrazo grande

M. A. Velasco León dijo...

Muy buen ejemplo de lo que debe ser hacer filosofía, David. Has tomado la realidad cotidiana en lo que tiene de problemático, la has pensado y la has expresado abriendo nuevas preguntas y posibilidades de enfrentarla. Todo ello, además, hermosamente expresado.
Sometidos a unas normas que deberían servirnos, tanto que hacen olvidar su sentido y amenazan con romper lo que tendrían que ayudar a construir. ¡Humanos!
Salud

David Porcel Dieste dijo...

Gracias, Miguel Ángel. Sabes que no puedo evitar expresar lo que siento ni sentir lo que expreso....No lo hubiera dicho mejor: "amenazan con romper lo que tendrían que ayudar a construir." Fuerte abrazo

Rocio Alonso dijo...

Decimos hay que hablar las cosas porque precisamente no nos sale de modo natural; suena a imperativo porque en el fondo lo que hay detrás de esa frase es la exigencia de un compromiso. Y como en la famosa consigna de Bartleby preferimos no hacerlo. Hablar es posicionarse, es adquirir la responsabilidad con una idea y en esa medida significa implicarse, y eso ya es otro cantar. Solo cuando las palabras quieran salir desde la honestidad y el deseo del bien común, mirándonos a la cara como dice Isabel, estaremos en disposición de hablar y entonces sí, prefiramos hacerlo.

David Porcel Dieste dijo...

Es verdad. "Si me amas, ven y abrázame", concluye un cuento zen. Posicionarse significa también exponerse, y comprometerse. En definitiva, estar dispuesto a perder. Gracias por estar ahí, y arriesgar conmigo. Fuerte abrazo

Anónimo dijo...

Qué sensible eres, David. En el mejor sentido. Simplemente, ves más. Gracias por compartir, compañero.

David Porcel Dieste dijo...

Gracias a ti, querido anónimo.

Unknown dijo...

Me ha parecido interesante porque no me había percatado realmente de hasta qué punto hemos llegado compañero. Bien escrito.

David Porcel Dieste dijo...

Así lo veo también. En eso y en otras muchas cosas, que habrá que explorar. Gracias por pasarte.

Pablo Conesa dijo...

Quizás sería más sencillo si, en vez de decir "hay que hablar", dijéramos "necesitamos hablar", que, a mí entender es la necesidad que subyace. Aunque en la forma sí lo es, en el fondo no creo que la expresión "hay que hablar" se trate de un imperativo. Para mí, más bien es una forma torpe de expresar una necesidad, en este caso colectiva, que surge del hecho de que no estamos acostumbrados a expresar lo que necesitamos de una forma adulta (es decir, de una manera que no sea egoismo, queja, lloriqueo o, como es el caso, exigencia). Creo que expresar las necesidades, tanto individuales como colectivas, es todo un arte, que necesitamos ir aprendiendo poco a poco. Para ello, entre otras cosas, es necesario bajar el ritmo frenético que llevamos para poder reflexionar, sentir y compartir, como has hecho tú con tu post.

David Porcel Dieste dijo...

Muy interesante lo que comentas, Pablo. Ya tengo amigos que se borran del Facebook, precisamente, para darse la oportunidad vivir más intensamente. Desde fuera, está claro que hacen del tiempo una mercancía y de ahí esa poderosa industria del tiempo. Pero el tiempo humano, el que cuenta, el que nos llevaremos cuando ya nadie, o muy pocos, nos llamen, ése el reloj no lo mide. Sí, está visto que la tontura emocional no se cura con más inteligencia emocional. Quizá, eso sí, con mayor coraje y atención al otro. Un abrazo, compañero

Anónimo dijo...

Pero qué bonito!! Muchísimas gracias, compañero.

David Porcel Dieste dijo...

Me alegro que te haya gustado.

Anónimo dijo...

Hoy ya no se habla porque tememos quedarnos fuera. Se habla de modelos inclusivos cuando la urgencia es a no quedar excluidos. Con estas camisas de fuerza no hay Dios quien se entienda.