miércoles, 25 de marzo de 2020

¿A dónde irán?

¿A dónde irán los afectos que se pierden en las noches de balcones cerrados? ¿A dónde la humanidad que soplaba nuestros corazones? ¿A dónde su complicidad que nos situaba en tiempos de otros? ¿A dónde los apuntes rotos del último de los pupitres? ¿O el polvo de sacos rotos que nos seguía hasta el bautizo de la noche? ¿A dónde la barandilla que cada viernes soportaba a nuestras espaldas? ¿O aquel último escalón que nos subía hasta las nubes? ¿A dónde los cafés náufragos en medio de tempestades? ¿Y los mares de otoños que nunca devinieron porque ella nos dijo que no? ¿A dónde los relojes dictados de sabia obediencia? ¿Y a dónde cada alumno con sus dudas y temores, que de pronto abrían sus móviles para enseñarnos su obra? ¿Y a dónde esos gritos que resonaban hasta más allá de las paredes, siempre abrigadas? ¿A dónde el Sol que nos rayaba las pieles nuevas? ¿Y aquella luz de vidas pasadas? ¿A dónde la herida que un día nos hizo mortales, con sus soles, sus nubes y su verde? ¿A dónde?

Decimotercer día

Cantos de hoy

Míreme
del aire llegan
esas armonías
que el amor y la belleza componen
agachados de espaldas al tiempo

no estamos al albur de los vientos
cargados de iones
caídos aún del caos que nos espera

escuche

despacio se van formando cantos
rodéelos con los brazos
acójalos en las cuencas vacías
abra la piel a la esperanza de sus voces
que viene del orígen

llénese de fuerza
y mírese al espejo
que dejaron colgado los héroes
en el árbol de los ahorcados
e inclínese ante el reflejo certero
que su coraje le devuelve

porque el recogimiento
el aliento próximo del bienamado
las voces curvas de los cuerpos
envueltos siempre en el deseo
y en las llamas
construyen la muralla que
aun de aire espacioso
inacabada
nos cierra y nos abre
del fin a los principios
al latir que mientras vuela
somos

ahora que las manos
llenas todavía de voces aún nos hablan
y nos pueblan del pequeño infinito
que vive tras los ojos al cerrarse
nuestros.

Miguel Porcel. 
25, marzo, 2020


Decimotercer día

martes, 24 de marzo de 2020

El alumno que se quiso meter en una maleta

Desde que amanecí en el mundo sin que me dieran permiso, sólo porque sí, he desconfiado de quienes dicen tener píldoras para la felicidad o la vida buena. Es normal que en periodos de relativa incertidumbre proliferen las agencias de mesías y sabelotodos que, en media hora al teléfono, ya te han programado lo que tienes que hacer en tus próximos diez años. Me decía un alumno antes de la corocrisis que él por si acaso ya había hecho la maleta. ¿Para irte a dónde? Le pregunté. Para que cuando llegue el momento me pueda meter en ella. Decía Epicuro, uno de los vende píldoras, pero de las que endulzan, que el miedo es el peor consejero, y que además ser un ciudadano responsable pasa por no tener miedo. Es lo que le digo a mi esposa cuando vemos los telediarios, que no se crea que la gente está contaminada. No -le explico-, los organismos no se contaminan, se contagian, sólo que ahora toca decir que podemos contaminarnos. Y mucho me da que esto implicará introducir como prenda de vestir la mascarilla. 

Me decía un amigo, bueno, ya no sé si era yo mientras dormía, que lo que temía es que, con tanta prórroga de confinamiento -y estamos en la primera ola, la más salvaje, pero la primera- acabaremos normalizando prácticas y hábitos que ahora nos parecen infrahumanos. ¿Cuáles? Esperar distanciados, llevar mascarillas de Armani, saludarnos de lejos (como si eso fuera saludarse), hablarle a un cristal, dubitar si vemos caerse al vecino del bastón.... Yo le decía -o me decía-, que siendo así, ni tan mal. ¿Pues no introdujo la cultura móvil el mayor aislamiento entre nosotros? Lean a Tarantino, que ese sabe mucho. ¿Y qué hacer ante ese temor? ¿Nos cruzamos de brazos mientras las nuevas técnicas telequinésicas nos conectan unos a otros? ¿O nos plantamos y asentamos cátedra contagiando a la muerte y la desesperanza? Porque esto, señores, también se puede hacer.

Duodécimo día

lunes, 23 de marzo de 2020

Cultura higiénica

Me pregunto cuánto tardarán los grandes almacenes y supermercados en ofertar las raciones de miedo. Por lo pronto nos advierten de cuidar que no nos empachemos, no vaya a ser que nos indigestemos y no volvamos en unos días. Imagino que irán en paquetes individuales y familiares, como cuando se anunciaron los primeros Donuts ochenteros o aquellos pastelillos hipercalóricos rosáceos de la pantera, sólo que por entonces podíamos relamernos los dedos sin miedo a que una bocina nos llamara la atención. Incluso dejábamos que nuestras madres nos limpiaran con aquellos clínex usados. Ahora que ya no se podrá echar de menos la cultura del guarrismo estaría bien que, al menos, nos dieran instrucciones más claras para movernos en la nueva. Por mi tendencia hipocondríaca llevo desde los comienzos encerrado en mi casa, casi sin tocar las barandillas de las terrazas, no vaya a ser que el cierzo nos traiga alguna de esas bolsas apestadas, y ahora que al fin me lanzo descubro que hay ya toda una cultura higiénica instalada. ¿Será el higienismo la nueva enfermedad de la OMS?



Había verdaderos avezados cambiándose de guantes, y otros parecían que circulaban por espacios espectrales guardando yo qué sé qué línea imaginada. Me estaba preguntando, mientras compraba mis lechugas, a lo guarro, pero con guantes, qué difícil sería ahora discernir al esquizofrénico del que no lo es, con tanta línea y sombra imaginarias. Para más inri, mientras torpemente despegaba una de esas bolsas con mis guantes ya apestados, y han empezado a rodar las naranjas de mi carro que estaba caído, más de uno ha botado como si mis naranjas fueran aspersores esparcidores de virus. ¿Habrá quién domine el arte de la caída cayendo a metro y medio del pobre que esté al lado? ¿Y qué norma habremos de seguir cuando veamos que alguien no se levanta del suelo? ¿Qué protocolos se crearán contra la indigestión del aislamiento? ¿Olvidaremos la cultura del guarrismo saludando a la nueva higiene a distancia?


Undécimo día

Lo que no se llevó el cierzo

A mi hermano, que se ha pasado a la bicicleta estática

Si hace unos días alguien reclamaba o recordaba o reivindicaba, con toda la fuerza con la que puede hacerlo la persona singular, la vuelta a la cultura del contacto y de fuegos existenciales que antaño generaban comunidades de hombres y mujeres, ahora, con la nueva política confinada, y constreñida, aquella llamada a la libertad resulta absurda o de otro tiempo. ¿A quién se le ocurriría volver a la cercanía y la proximidad cuando el globo mismo es un repelente existencial y ya hay pinchos que nos separan? ¿Acaso no estamos ya con respiradores artificiales aspirando el aire que nos dicen y espirando el que nos dejan? ¿Acaso no parecemos ya ratas en un mundo de cepos y trampas? ¿Acaso el aire limpiado no es también artificial? ¿Acaso hay fuego que alumbre las vidas conectadas? ¿Acaso no nos fue ya robado el derecho al arropo y a la intemperie? Si hace unos días todavía era posible la llamada al fuego y al bosque, ahora serán la llama y el bosque los que tendrán que acudir a nuestra busca.


Aquí y ahora, a las 0:00 horas, en la noche, en medio de ningún sitio, cuando todavía puedo pensar y miro a mi alrededor, como apestados unos de otros, teniendo que asaltar los balcones para decirnos buenas noches y no pudiendo despedir a los difuntos como dios manda, me pregunto si esto no se nos está yendo de las manos, a los unos por demasiadas visiones, a los otros por demasiado obedientes. Y me lo pregunto cuando el cierzo de Zaragoza, que yo lo veía más allá del Moncayo, también me trae el todos a una mientras aplausos televisados replican en los balcones. ¿Seré el último hombre en medio de la noche? ¿Seré el último hombre que todavía respira? ¿Podré al menos abrazar la Luna? Decía Descartes mientras veía quemarse la cera que si pensaba era porque existía, pero quizá sea el momento de no pensar tanto y meter la mano en el fuego para ver si es la propia la que se quema. Porque de esto va la cosa, de no dejar que nos roben lo que, al menos una vez, fuimos.


Décimo día

domingo, 22 de marzo de 2020

El hombre que iba solo en una barca

A mi padre, 

Uno de los mayores placeres que llenaron mi infancia, antes de que se colara el pensamiento de la muerte y apareciera el cuidado, fue cada una de las noches en las que mi padre, sabio y protector por entonces, me regalaba un cuento, o muchos, depende de su ánimo y mi tozudez. Había cuentos sobre cofres y castillos, sobre libros y palabras, pasillos que no conducían a ninguna parte o criaturas de ningún sitio, y ahora pienso que ahí estaban ya la serpiente del Génesis, el río de Heráclito y Las mil y una noches (hay que decir que mi padre ya entonces leía, y mucho, y bien, a Borges)

                                  Pescador. José Antonio Porcel

Uno de esos cuentos, al poco de ser contado, recuerdo que nos llamó la atención a los dos, y no tanto por lo que en él se decía, que hablaba de un hombre que iba solo en una barca, sino por lo pronto que olvidamos el resto de la historia. Un olvido que, sin duda, decía mucho más de la historia, y de nosotros, que cualquier memoria o biografía. Y es curioso que haya conservado una imagen, la del hombre que va solo en una barca, y que en momentos reminiscentes vuelva a mí como la primera vez. Entonces, cuando el pensamiento de la muerte no se había colado y aún no podía amar, porque sólo ama quien puede temer, las palabras y las cosas tenían su propia luz.

Este poema, que escribe ahora mi padre, es una de aquellas reminiscencias.

La barca que va despacio 
la barca de las aguas 
las ondas besando los costados 
ay el tiempo 
la barca 
las aguas 
el silencio 
la mano mueve el aire 
y el aire aspira a la luz 
y el verde que envuelve la hierba 
abrazando un reflejo 
que hace un segundo fue
un pájaro en su vuelo 
y el vuelo volando ya no está 
ni las aguas saben si el vuelo cayó 
si el pájaro flota todavía 
en la espera todo gira 
alrededor del deslizarse 
tal vez el abrazo primero 
esté esperando al remo brotado 
a los afanes que alucinados
mueven el agua.

Miguel Porcel, 17 de Marzo


Noveno día

sábado, 21 de marzo de 2020

Lugares de siempre

¿Qué hacía ahí perdido en aquel viejo hostal de aquella vieja ciudad? ¿Cómo había llegado allí ahora que vivo en la gran ciudad? Miro la llave que marca 5-7, y unos inquilinos que suben conmigo apretándonos en aquel viejo ascensor me dicen que tienen la habitación contigua, porque solo quedan dos libres. Pero enseguida desaparecen por aquel viejo pasillo y de nuevo ando perdido. Y me encuentro limpiando la escalera a la vieja mujer del hostal a quien le llama la atención que debiendo subir a la séptima planta no haya séptima planta. Miramos juntos aquel viejo techo que bloquea un paso que nunca tuvo lugar. Y lo miramos juntos, y nos sorprendemos juntos. De nuevo bajo por aquella escalera y pido a la camarera algo para cenar mientras espero sentado en aquel viejo hostal.

Y miro a mi alrededor, y entonces descubro la verdad, que nunca salí de ahí, ni siquiera a la gran ciudad.

Sueño del 21 de Marzo

El sueño que acabo de describir, porque su viveza así lo requiere, tuvo lugar después de haber leído dos veces las siguientes palabras de Juan de Mairena, de Antonio Machado, intuyendo el soñador que esta pequeña aventura, porque cada sueño es una aventura, no hubiera tenido lugar sin estas palabras:

"La corriente en el hombre es la tendencia a creer verdadero cuanto le reporta alguna utilidad. Por eso hay tantos hombres capaces de comulgar con ruedas de molino. Os hago esta advertencia pensando en algunos de vosotros que habrán de consagrarse a la política. No olvidéis, sin embargo, que lo corriente en el hombre es lo que tiene de común con otras alimañas, pero que lo específicamente humano es creer en la muerte. No penséis que vuestro deber de retóricos es engañar al hombre con sus propios deseos; porque el hombre ama la verdad hasta tal punto que acepta, anticipadamente, la más amarga de todas."


Octavo día