Día 22 de febrero 2012, a las 19:00 h. La Revista Ábaco y Ediciones CICEES se complace en invitarle a la presentación de la revista
“La Sociedad Digital. Retos de futuro de las tecnologías de la
comunicación en la creación y distribución de la información”
INTERVIENEN :
Miguel Ángel Álvarez Areces (Director Editorial de Ábaco)
Alberto Vicente y Silvano Gozzer (Anatomía de Red)
Daniel Marías Martínez (Universidad Carlos III Madrid)
LUGAR DE LA PRESENTACIÓN :
ARCE- Asociación de Revistas Culturales de España
C/ Zurbano nº 4 - Bajo D
28010 Madrid
Tel. 913 086 066
(Metro Alonso Martínez)
martes, 21 de febrero de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
Aclaraciones sobre el argumento ontológico
Descartes, partiendo del argumento a priori de san Anselmo de la existencia de Dios, escribe:
Por un instante quise buscar otras verdades, y, habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que yo concebía como un cuerpo continuo, o como un espacio infinitamente extendido en longitud, latitud y profundidad o altura, divisible en distintas partes que podían adoptar diversas figuras y magnitudes y ser movidas y trasladadas de todos modos (pues todo esto suponen los geómetras como objeto suyo), recorrí algunas de sus más simples demostraciones, y, al percatarme de que esa gran certeza que todo el mundo les atribuye sólo se funda en que se las concibe con evidencia, según la regla que enuncié hace poco, advertí también que no había en ellas nada que me asegurase de la existencia de su objeto; pues veía claramente que, suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos, pero no por eso veía nada que me asegurase de la existencia en el mundo de ningún triángulo; en cambio, volviendo a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en ella, de la misma manera que está comprendido en la de un triángulo el que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes disten igualmente de su centro, y aun me parecería más evidente lo primero; por consiguiente, que Dios, ese Ser tan perfecto, es o existe, lo encontraba por lo menos tan cierto como pudiera serlo cualquier demostración de la geometría. (Renato Descartes, Discurso del método. Antonio Rodríguez Huescar. Editorial Orbis, Madrid, 1983.)
Podemos desmenuzar la prueba del siguiente modo:
El concepto de “triángulo” debe ir referido a un objeto que reúna la propiedad de que la suma de sus ángulos sea dos rectos, porque si el objeto no reúne esta propiedad no nos podemos referir al objeto como un triángulo, sino quizá como un cuadrado, un rombo o un círculo. Es decir, para que el concepto de “triángulo” sea el concepto de triángulo (y no el de cuadrado o el de círculo) debe ir referido a un objeto que reúna dicha propiedad.
Por lo mismo, la idea de “Ser Perfecto” debe ir referida a un ser que, cuando menos, exista, porque si éste no reúne la propiedad de existir no puede ser perfecto, y, consecuentemente, no nos podemos referir a él como un ser perfecto, sino como un ser imperfecto o inexistente. Es decir, para que el concepto de “Ser Perfecto” sea el concepto de Ser Perfecto (y no el de un ser imperfecto) debe ir referido a un ser que al menos exista.
Por tanto, si tenemos la idea de “Ser Perfecto” y ésta tiene que ir referida a un ser perfecto, éste tiene que existir fuera de la mente.
¿Dónde está el círculo que invalida el argumento?
Estamos diciendo, por un lado, que lo que hace que el concepto de “Ser Perfecto” sea el concepto de “Ser Perfecto”, y no el de “un ser imperfecto” o “inexistente”, es precisamente el ser perfecto al cual se refiere. Por tanto, estamos dando por supuesta la existencia de éste para determinar que se trata de la idea de “Ser Perfecto”. Pero es precisamente partiendo de la idea de “Ser Perfecto” como hay que demostrar la existencia de éste, y no al revés.
Por un instante quise buscar otras verdades, y, habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que yo concebía como un cuerpo continuo, o como un espacio infinitamente extendido en longitud, latitud y profundidad o altura, divisible en distintas partes que podían adoptar diversas figuras y magnitudes y ser movidas y trasladadas de todos modos (pues todo esto suponen los geómetras como objeto suyo), recorrí algunas de sus más simples demostraciones, y, al percatarme de que esa gran certeza que todo el mundo les atribuye sólo se funda en que se las concibe con evidencia, según la regla que enuncié hace poco, advertí también que no había en ellas nada que me asegurase de la existencia de su objeto; pues veía claramente que, suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos, pero no por eso veía nada que me asegurase de la existencia en el mundo de ningún triángulo; en cambio, volviendo a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en ella, de la misma manera que está comprendido en la de un triángulo el que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes disten igualmente de su centro, y aun me parecería más evidente lo primero; por consiguiente, que Dios, ese Ser tan perfecto, es o existe, lo encontraba por lo menos tan cierto como pudiera serlo cualquier demostración de la geometría. (Renato Descartes, Discurso del método. Antonio Rodríguez Huescar. Editorial Orbis, Madrid, 1983.)
Podemos desmenuzar la prueba del siguiente modo:
El concepto de “triángulo” debe ir referido a un objeto que reúna la propiedad de que la suma de sus ángulos sea dos rectos, porque si el objeto no reúne esta propiedad no nos podemos referir al objeto como un triángulo, sino quizá como un cuadrado, un rombo o un círculo. Es decir, para que el concepto de “triángulo” sea el concepto de triángulo (y no el de cuadrado o el de círculo) debe ir referido a un objeto que reúna dicha propiedad.
Por lo mismo, la idea de “Ser Perfecto” debe ir referida a un ser que, cuando menos, exista, porque si éste no reúne la propiedad de existir no puede ser perfecto, y, consecuentemente, no nos podemos referir a él como un ser perfecto, sino como un ser imperfecto o inexistente. Es decir, para que el concepto de “Ser Perfecto” sea el concepto de Ser Perfecto (y no el de un ser imperfecto) debe ir referido a un ser que al menos exista.
Por tanto, si tenemos la idea de “Ser Perfecto” y ésta tiene que ir referida a un ser perfecto, éste tiene que existir fuera de la mente.
¿Dónde está el círculo que invalida el argumento?
Estamos diciendo, por un lado, que lo que hace que el concepto de “Ser Perfecto” sea el concepto de “Ser Perfecto”, y no el de “un ser imperfecto” o “inexistente”, es precisamente el ser perfecto al cual se refiere. Por tanto, estamos dando por supuesta la existencia de éste para determinar que se trata de la idea de “Ser Perfecto”. Pero es precisamente partiendo de la idea de “Ser Perfecto” como hay que demostrar la existencia de éste, y no al revés.
martes, 14 de febrero de 2012
Programa para una ética del no-poder
Lo que es verdaderamente inquietante no es el hecho de que el mundo se convierta en un mundo completamente técnico. Mucho más inquietante es que el hombre no está, de hecho, preparado para esta transformación del mundo (Heidegger, Gelassenheit, 1959)
La ciencia y la técnica no reconocen otro límite que aquello que es técnicamente posible y factible, y quedan doblemente protegidas en su perenne tentación de lo posible: de derecho, en virtud del principio de libertad de investigación, de hecho, porque aumentan nuestra libertad individual y colectiva en una medida impensable hasta hace no mucho tiempo. (Franco Volpi, El nihilismo, 2007)
Una ética del no-poder es evidentemente que los seres humanos acepten no hacer todo lo que son capaces. O no habrá más (…) leyes divinas que oponer, desde fuera, a la técnica. Esto hace necesario examinar la técnica desde dentro y reconocer la imposibilidad de vivir con ella, en realidad, sólo de vivir, si no se practica una ética del no-poder. Esta es la opción fundamental… Debemos buscar sistemática y voluntariamente el no-poder que, bien entendido no significa aceptar la impotencia (…), el destino, la pasividad, etc. (Jacques Ellul, "Reserche pour une Ethique dans una société technicienne", 1983)
viernes, 27 de enero de 2012
Donde crecen las Cruces de Hierro
El inicio de este artículo es un retal de la última conversación audible en la película de Sam Peckinpah, La Cruz de Hierro (ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que toma el título de una condecoración militar alemana).
De esta cinta me quedaré (de manera interesada y sesgada), con el Capitán Stransky. Este oficial acude al Frente Ruso en busca, unicamente, de tan valioso galardón.
Necesita ese engendro metálico con el que pavonearse en los cafés del París ocupado (a la sazón, otro trofeo), ¿cómo no tenerla siendo un oficial de noble ascendencia prusiana?, o lo que es lo mismo, ¿cómo ser un verdadero oficial prusiano sin poseerla?.
En el mundo de la bicicleta abundan los Stranskys, aquellos que sólo desean un diploma que dé credibilidad a sus proezas en una soleada tarde de Gran Vía y cucurucho.
Para otros muchos (donde me incluyo) las verdaderas cruces de hierro (entendidas como premio, no como acreditación, justa o injusta) crecen en el gusto por los días duros y sufridos, en la conquista de una nueva cima, por muy sucia y desconocida que ésta sea o en la satisfacción de dinamitar las piernas en la enésima rampa. Están en las gélidas mañanas de enero, en los oscuros días de noviembre, donde el invierno y pese a no haber empezado, parezca no tener fin, en los soliloquios primaverales del Dios Eolo o en los días donde el Sol te abandona a los caprichos de la niebla, también las vi en los ardientes caminos de julio donde el aire no se respira, se come.
De ahí este ramillete de fotos (Burdincurucheta, en euskera significa Cruz de Hierro), de lugares sin fama, recónditos sitios por donde nunca pasará Stransky en busca de su codiciada Cruz de Hierro.
Samuel Porcel Dieste
De esta cinta me quedaré (de manera interesada y sesgada), con el Capitán Stransky. Este oficial acude al Frente Ruso en busca, unicamente, de tan valioso galardón.
Necesita ese engendro metálico con el que pavonearse en los cafés del París ocupado (a la sazón, otro trofeo), ¿cómo no tenerla siendo un oficial de noble ascendencia prusiana?, o lo que es lo mismo, ¿cómo ser un verdadero oficial prusiano sin poseerla?.
En el mundo de la bicicleta abundan los Stranskys, aquellos que sólo desean un diploma que dé credibilidad a sus proezas en una soleada tarde de Gran Vía y cucurucho.
Para otros muchos (donde me incluyo) las verdaderas cruces de hierro (entendidas como premio, no como acreditación, justa o injusta) crecen en el gusto por los días duros y sufridos, en la conquista de una nueva cima, por muy sucia y desconocida que ésta sea o en la satisfacción de dinamitar las piernas en la enésima rampa. Están en las gélidas mañanas de enero, en los oscuros días de noviembre, donde el invierno y pese a no haber empezado, parezca no tener fin, en los soliloquios primaverales del Dios Eolo o en los días donde el Sol te abandona a los caprichos de la niebla, también las vi en los ardientes caminos de julio donde el aire no se respira, se come.
De ahí este ramillete de fotos (Burdincurucheta, en euskera significa Cruz de Hierro), de lugares sin fama, recónditos sitios por donde nunca pasará Stransky en busca de su codiciada Cruz de Hierro.
Samuel Porcel Dieste
jueves, 26 de enero de 2012
Contra el santo
Así dice una de las pruebas de la existencia de Dios de santo Tomás:
"La tercera vía considera el ser posible o contingente y el necesario y puede formularse así. Hallamos en la naturaleza cosas que pueden existir o no existir, pues vemos seres que se producen y seres que se destruyen, y, por tanto, hay posibilidad de que existan y de que no existan. Ahora bien, es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en que no fue. Si, pues, todas las cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía. Pero, si esto es verdad, tampoco debiera existir ahora cosa alguna, porque lo que no existe no empieza a existir más que en virtud de lo que ya existe, y, por tanto, si nada existía, fue imposible que empezase a existir cosa alguna, y, en consecuencia, ahora no habría nada, cosa evidentemente falsa. Por consiguiente, no todos los seres son posibles o contingentes, sino que entre ellos, forzosamente, ha de haber alguno que sea necesario. Pero el ser necesario o tiene la razón de su necesidad en sí mismo no la tiene. Si su necesidad depende de otro, como no es posible, según hemos visto al tratar de las causas eficientes, aceptar una serie indefinida de cosas necesarias, es forzoso que exista algo que sea necesario por sí mismo y que no tenga fuera de sí la causa de su necesidad, sino que sea causa de la necesidad de los demás, a lo cual todos llaman Dios." (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 1q.2.a.3. Traducción de Raimundo Suárez, Editorial B. A. C., t. I, Madrid, 1957. )
Mientras esta mañana explicaba a mis alumnos esta prueba, una alumna (a la que por deferencia voy a llamar SP) ha reparado en el siguiente aspecto de la argumentación del santo, sobre el que enseguida ha manifestado su disconformidad:
Ahora bien, es imposible que los seres de tal condición hayan existido siempre, ya que lo que tiene posibilidad de no ser hubo un tiempo en que no fue. Si, pues, todas las cosas tienen la posibilidad de no ser, hubo un tiempo en que ninguna existía.
La alumna SP, oponiéndose a estas palabras, ha puesto de manifiesto la posibilidad de admitir la coexistencia eterna de seres contingentes, teniendo en cuenta que, en este caso, lo eterno no sería cada ser contingente o cada grupo de ellos, sino la coexistencia misma de seres contingentes, cada vez distintos pero en relación perpetua con otros seres, como un ciclo indefinido de nacimientos y muertes. Por tanto, bajo este punto de vista, del hecho de que todos los seres sean contingentes (tengan la posibilidad de no ser) no se deriva con necesidad que hubo un tiempo en que ninguno existía.
¿Qué os parece?
sábado, 21 de enero de 2012
Falacias educativas (II): El bilingüismo, otra vez
Los actuales programas educativos orientados al fomento del bilingüismo en los centros de enseñanza primaria y secundaria, así como la metodología en que se apoyan, se fundamentan en el hecho de considerar como medio vehicular para la adquisición de conocimientos de diversas especialidades una lengua extranjera, que no domina ni quien imparte la materia ni quien la recibe. Mi tesis es que dichos programas son eficaces pero no eficientes, es decir, consiguen el propósito de que el alumno adquiera un nivel más avanzado de la lengua extranjera, pero a costa de conseguir consecuencias no deseadas. Veamos qué consecuencias son estas y por qué se producen:
El supuesto erróneo que a mi juicio pone en cuestión la eficiencia de dichos programas consiste en considerar que la lengua es, en esencia, un medio o un vehículo para la impartición de conocimientos, y no un fin en sí mismo. Es decir, la falacia de base consiste en suponer que el lenguaje se comporta como un medio para expresar una serie de ideas distintas de él mismo, cuando en realidad el pensamiento no se distingue ni puede separarse de la manera como está expresado o articulado. Así, una mala explicación de la teoría del ser de Parménides conduce irremisiblemente a la incomprensión de dicha teoría. El pensamiento se construye en y con el lenguaje, no es algo que pueda ser separado de éste.
Así, si concebimos, como lo hacen los actuales promotores de la secciones bilingües, que el papel del lenguaje es el de soportar o conducir el pensamiento - a modo como el cauce de un río lo hace con su caudal -, es natural que lleguemos a la conclusión equivocada de que ese pensamiento puede ser llevado o soportado indistintamente por cualquier lengua, nativa o extranjera, sin que por ello pierda ninguna cualidad. Ahora bien, si, como realmente ocurre, entendemos que el lenguaje y el pensamientos son inseparables, habremos de asumir que el pensamiento expresado en una lengua extranjera en proceso de aprendizaje adolecerá de carencias y limitaciones respecto de un pensamiento expresado en una lengua nativa plenamente asimilada tanto por el profesor como por el alumno. Por tanto, el verdadero problema consiste en saber si queremos que nuestros alumnos aprendan más inglés a costa de limitar y mermar sus posibilidades de comprensión, o, por el contrario, preferimos que potencien éstas volviendo a los métodos tradicionales de aprendizaje del inglés, que, por otra parte, tampoco se han mostrado ineficientes.
jueves, 12 de enero de 2012
Otra mirada

La mirada de nuestro querido colaborador Miguel Porcel retrata ese momento de indecisión, esencial a todo proceso creativo, con el que ha de contar el poeta antes de deshacerse o retomar definitivamente su obra. El papel, ligeramente arrugado -¿o quizá desarrugado?-, representa la parte residual del arte que nace precisamente en el momento en que no se da esa misteriosa conformidad entre el autor y su obra. La obra fotografiada habla sobre sí misma, sobre lo que queda de ella o sobre lo que aún no es, en cualquier caso, sobre lo que inunda el proceso creativo pero que ha quedado fuera del resultado. Nos habla también del tiempo, del tiempo de espera que toda obra necesita para su composición, de la incertidumbre que esconde esa mirada desconfiada que no termina de despegarse del papel.
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