jueves, 12 de agosto de 2021

Montañas solitarias

Hay montañas más solas que otras, o que si hablaran se sentirían solas. Bien porque apenas se dejan advertir, no figuran en los folletos informativos y guías de turismo, o fueron testigos de algún suceso escabroso que las condenaron a la mala fama. El caso es que estas montañas, inadvertidas y poco transitadas, a quien las pisa le hacen sentir especial, en cierto modo, aventurero y explorador; frente a aquellas otras usadas por el turisteo como objeto de exhibición, cuya razón de ser consiste principalmente en alcanzar la meta donde hacerse la fotografía de los domingos. 

Sí, estas otras, las solitarias, hacen que descubras los cielos y sus paisajes por primera vez, devolviéndote la niñez en la que los ríos no eran todavía ríos ni la hierba todavía hierba.



Merendero de Cotefablo- Pelopín - A Monchoya
Distancia: 17,04 km Desnivel: 905 m (ida y vuelta)

4 comentarios:

Prueba dijo...


Hay montañas en las que el silencio puede ser escuchado, puede ser sentido. Un silencio que grita paz, un silencio que te permite escucharte tanto que puedes tener conversaciones sumamente puras, silencio que aleja de la acelerada vida urbana, pues el único ritmo presente es el de los latidos de tu corazón. Montañas en las que en cada inspiración, el aire consigue llegar hasta lo más profundo de tu ser, aire que te llena de vida, de serenidad, de ganas de vivir. Montañas vírgenes cuya única motivación para alcanzarlas nace del niño que llevamos dentro, ansioso por descubrir un mundo desconocido hasta el momento. Exhaustos, con los cuádriceps ardiendo, el pulmón en la boca, el corazón palpitando más fuerte que nunca, alcanzamos la cima y miramos a nuestro derredor, sensación extática. Ha merecido la pena. Allí arriba, sin mirada ajena, soy libre, grito, lloro, río, amo el paisaje, lo deleito, me dejo fascinar por la belleza del entorno, me sumerjo en él, consigo ser en y con él, formando uno, confluyendo. Una sensación irremplazable que me conecta con el mundo que tan distante percibo, que a la vez me expulsa de ese mecanismo opresivo, y me permito ser. Me tumbo desplomado, dejando que mi peso sea atraído por la gravedad, relajando cada parte de mi cuerpo.
Es paradójico, pues por un lado te evades, cortas con la toxicidad de lo cotidiano, sales de casa, pero por otro, te sientes más amparado que nunca, forjas conexiones que te redimen.
Este verano he descubierto una joya. Nunca me había sentido tan libre, tan pleno, tan feliz.

David Porcel Dieste dijo...

Bravo! No lo hubiera podido expresar mejor. Es el amparo más primitivo, que nos devuelve a la tierra. La mejor cura contra la toxicidad y la vanidad. Un fuerte abrazo.

Robbin de los bosques dijo...

Qué interesante lo que dices sobre llevarnos a ese tiempo en el que los ríos aún no erean ríos. Si algo tienen las montañas, es la capacidad de hacernos trascender y salir de la experiencia ordinaria, conectarnos con algo arcano.
Excelente entrada.
Un abrazo grande :)

David Porcel Dieste dijo...

Así también lo percibo. A veces basta un instante para remontarnos a la eternidad. Un fuerte abrazo para ti.