Es el momento en que Roman Castevet deja que Rosemary sea quien meza la cuna del hijo que está llorando. Por primera vez no es maltratada y es aceptada por el vínculo que solo ella siente hacia el recién nacido. Se acerca a la cuna, lo mira a los ojos, que son también humanos, y lo consuela como haría cualquier madre con su hijo. La monstruosidad, el horror de descubrir que ha dado a luz al hijo del diablo, la ofensa y humillación de haber sido utilizada por quienes más quería, no frenan su naciente deseo de acercarse a quien es su hijo. Es un momento de esperanza para la humanidad, al descubrir que el amor de una madre puede sobreponerse a los horrores y monstruosidades más atroces que pueda concebir el ser humano, y al comprender que hay algo en lo más profundo de la naturaleza humana que no puede ser tocado por la voluntad más despiadada. Es la muestra de que el amor de una madre prevalece sobre el maltrato, el resentimiento, la utilización perversa de la persona, y su firme incondicionalidad enseña que, ocurra lo que ocurra, siempre podremos vivir amando: “¿Puede el amor maternal superar incluso el horror de tener un hijo del mal?”, es la pregunta que late en la novela Ira Levin.
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