miércoles, 8 de abril de 2020

Fuera de las jaulas

Un encierro tampoco es un absoluto. No puede decirse que estemos encerrados absolutamente, y no porque no podamos salir de nuestras jaulas sino porque las jaulas no son realidades en sí, absolutas. El caso es que somos nosotros quienes nos encerramos, y por lo mismo que el entramado de responsabilidades, derechos y deberes necesita para su mantenimiento de un cuidado y un mantenimiento constantes, también nuestras jaulas precisan de ese esfuerzo colectivo por enjaularnos. El encerramiento precisa de una autorización cuando menos mayoritaria y cuenta con que, desde la primera hasta la última, dicha autorización es contingente. Es decir, lo que nos encierra no es, como se escucha, el Mal en forma de enfermedad, las trampas del destino, o tramados conspiranoicos. Somos nosotros quienes lo hacemos. Pero es, precisamente, este hecho lo que, ipso facto, nos convierte en sujetos éticos. En tanto que sujetos éticos, dotados de razón y libertad, la pregunta que habría de sernos planteada no es tanto por qué estamos encerrados o a qué se debe que lo estemos, más propia de bestias enjauladas, sino por qué nos autorizamos a encerrarnos. De que nos hagamos esta pregunta dependerá que nos elevemos o no a la humanitas.

                                 José Antonio Porcel. Caminando

lunes, 6 de abril de 2020

Sofística erótica

Todavía hay quienes piensan que por la razón pueden dilucidarse las grandes cuestiones o establecer acuerdos duraderos. Entronan la Razón a lo más alto y la escriben con mayúsculas. Ven en su ejercicio la llave para solventar cualquier tipo de enredo y confían que su buen uso podrá ser extendido al resto de la humanidad hasta hacer del mundo un lugar más seguro y habitable. Entienden la razón como el suelo común sobre el que pisar y construir juntos la gran ciudad universal. Y así debemos educar a nuestros herederos, haciendo que conozcan su manejo y respetando sus normas de funcionamiento. Son los que hacen de la Razón bandera y doctrina. Estos, en verdad, son profundamente irracionales, pues cuando se les pregunta por la razón de su alzamiento no saben qué contestar. ¿Cómo podría una razón dar razón de la Razón?

Los hay también que sin necesidad de levantar banderas creen y practican la argumentación cuando llega el momento de inmiscuirse en alguna disputa dialéctica, pero son más moderados que los anteriores, pues juzgan la razón como un arma poderosa servible únicamente en situaciones que se prestan a ello. Amansan lo indómito antes de su domesticación. Siendo conscientes de la relatividad de su poder, hacen uso de él en los momentos y lugares que corresponden. Son los grandes ajedrecistas de la razón, ya que solo en el momento del juego exhiben su arte y manejo. Estos, en verdad, tampoco comulgan con la razón, pues haciendo gala de ella ven la vida como un suelo pantanoso sobre el que rara vez la razón puede pisar sin riesgo a hundirse. Finalmente, los llamados irracionalistas tampoco nos convendrán, pues siguen juzgando cuanto ven de acuerdo con el único criterio de la Razón, sólo que para decidir del mundo que es lo contrario de lo que aquella establece. Son el reflejo del racionalista, cayendo en sus mismas incongruencias. Creen romper con el racionalismo cuando, en verdad, lo siguen practicando sólo que de revés.

                                  José Antonio Porcel, Flor

Lo dicho sirve para mostrar que una de las grandes limitaciones de nuestra herencia socrática es no haber advertido que junto a la razón se halla el corazón, y con él todo un trazado de caminos con los que comulgar en infinidad de ideas, proyectos y sentires de los que aquella nunca pudo tener noticia. Por el corazón también se conoce, hasta el punto que conocemos por lo que amamos. No se ama lo que se conoce, sino que se conoce lo que se ama. Y si no recuerden su primer amor y verán en su recuerdo dibujado cada uno de los detalles de aquél. Quizá sea este uno de los grandes descuidos de la filosofía: no advertir el elemento erótico en la constitución de los grandes sistemas del pensamiento, de las grandes relatos identitarios y, ahora en tiempos de confrontación, de las grandes disputas dialécticas. Porque el caso es que al corazón debemos que haya racionalistas, moderados y extremos, e irracionalistas.

Y como triunfa Sócrates de la sofística protagórica, alumbrando el camino que conduce a la idea, a una obligada comunión intelectiva entre los hombres, triunfa el Cristo de una sofística erótica, que fatiga las almas del mundo pagano, descubriendo otra suerte de universalidad: la del amor. (Antonio Machado, Juan de Mairena)

domingo, 5 de abril de 2020

Confinamientos descafeinados

Creo que haré caso a las palabras de Nietzsche y daré intensidad a mi confinamiento. ¿Por qué no guardar en la armería el dispositivo móvil? Bien apagado, aunque sea durante un tiempo, ahora que solo hay ecos de voces unísonas. ¿O recordaremos los días en los que diluviaba llamadas al orden y a la provocación? Como diría Robin Desde la ventana, mensajes cuyo contenido se agota en el acto mismo de disparar: "Mira, atiende, escucha a esta pequeña pantalla, responde, busca el emoji, contesta, envía, mira, ríe, llora." No busques, hay poco más.

                                  José Antonio Porcel. Desierto

Sí, pasados los primeros día de explosión emocional y habiendo asimilado lo esencial para no parecer de otro mundo, es el momento de dedicarse más en profundidad a la vida contemplativa, esa que nos da imágenes como que la imaginación es la madre de todas las ciencias, de las puras y de las impuras. Y a ver si ahora que daremos luz verde a la meditación enseñaremos de una vez que la ciencia es poesía y la poesía ciencia. Y para no aburrir más el lector, baste esta muestra de don Machado y su infinito Juan de Mairena:

"Cantemos al gran Demócrito de Abdera, no sólo por lo bien que suena su nombre, sino, además, y sobre todo, porque a través de veinticuatro siglos, aproximadamente... (Mairena no estaba nunca seguro de sus cifras), vemos, o imaginamos, su ceño sombrío de pensador en el acto magnífico de desimaginar el huevo universal, sorbiéndole clara y yema, hasta dejarlo vacío, para llenarlo luego de partículas imperceptibles en movimiento más o menos aborrascado, y entregarlo así a la ciencia matemática del porvenir. Fue grande el acto poético negativo, desrealizador, creador -en el sentido que daba a mi maestro a esta palabra- del célebre Demócrito."

sábado, 4 de abril de 2020

Irse

                                 José Antonio Porcel, Bergen

Irse

qué es el irse
diluyendo en esas gotas
cuando los dedos tañen
las notas
los silencios
el intervalo del tiempo
clavado en el cuerpo
de donde soy
y a donde voy

el diluirse
en las emboscaduras
allí donde los pobres
por la noche
hacen su fuego
y tensan la voz
para llamar al sol
y piden que se quede

y encienden la fiesta
en el río que mal huele
en la orilla del dolor
y de los plásticos caídos
entre el perfume
de las palmas
del canto

y de los ojos
que del hambre han pasado
a la caza
al amor
a ti
a tus ojos
si estuvieras

¡cómo levantan los brazos!
miran al cielo
y esperan ver su rostro
reflejado en el cielo
cuando la tarde
borra todo
y el dolor se va

del sí de su cuerpo
a las orillas
y al río
que les deja.

Miguel Porcel

31 de Marzo de 2020

viernes, 3 de abril de 2020

En el bar de Warren

La intoxicación también nos entra en casa, no se engañen, solo que las mascarillas para la de siempre no se ponen a la venta. De hecho, nunca se llegaron a fabricar. Que sí, lo sé, podríamos vivir sin televisores, tabletas, móviles, dispositivos, aplicaciones, plataformas, ¿pero quién puede querer llevar esa vida ahora? La pedagogía del buen uso quedó obsoleta y ya nadie se traga eso de que "somos dueños de nuestros actos". Atrévete a querer por ti mismo, es lo que debería haberse profesado cuando todavía se veían las letras de neón y había personas de carne y hueso que en las películas de acción se jugaban el tipo. Ahora es todo por ordenador y el mundo lo hacen los informáticos, como diría el especialista Mike del bar de Warren (Death Proof).

                                 José Antonio Porcel, Azul

Se advirtió que éramos número cuando ya sólo sabíamos numerar. Demasiado tarde. No se trataba de leer más, sino de que no nos leyeran, para lo cual habíamos de cerrar las tapas y quedarnos a oscuras, como cuando de niños nos encerrábamos en un armario para no ser descubiertos o corríamos campo a través para llegar a ningún sitio. La emoción de la escucha, es lo que se ha perdido. ¿Pero hay de qué encerrarse? Me pregunto qué se dirán los amantes de la naturaleza ahora que los microorganismos están condenadas a ser los malos de la película. ¿Se atreverán a profesar su entusiasmo en las terrazas de julio? ¿Hasta cuándo esperará Netflix a comprar la serie de los nuevo Covid animados para el horario infantil? Cuando todavía podía hablarse me decía una alumna que el egoísmo aleja a la conciencia de la verdad, y que por eso solo los niños pueden amar de verdad. Qué razón tenías. En fin, adoro a las personas que se atreven, de verdad, a bajar las persianas y a soñar con los oídos bien abiertos. Os adoro. Sois mis héroes.

miércoles, 1 de abril de 2020

Hacedores de luz

A mi madre, también hecha de luz

La aceleración que espera afuera es más tenebrosa que la caverna de Platón, pues esta escondía al menos una promesa de luz y de verdad. Tanto ha castigado aquella nuestros corazones que ahora, atosigados y atolondrados, ya no sabemos clamar sosiego. ¿Cuándo nos convirtieron en sobrantes y reciclados? ¿Cuándo hicieron de nosotros velocímetros de nuestro cuerpo? Es algo que ni las mejores escuelas nos supieron explicar.


                                  José Antonio Porcel, Ventana

De niño, en las noches de tormenta, cuando los cristales recobraban su fragilidad en la casa del pueblo, la luz solía "irse" (así decía mi abuela, "ya se ha ido la luz", y lo decía porque sabía que tendría que volver), y nos quedábamos todos reunidos en torno a una vela que, por lo general, no tardaría en consumirse. La majestuosidad del momento radicaba en su poder para desplazar nuestras diferencias y protegernos de la oscuridad de las cosas. Una de aquellas noches, como digo, cuando el miedo más apretaba y miraba a mi abuela ensombrecida, pensé que si Dios existía tendría, a la fuerza, que estar hecho de luz.

lunes, 30 de marzo de 2020

Habitantes de caminos

A veces nos cruzamos con ellos. Se dirigen siempre al mar, aunque ellos no lo saben, y cuando encuentran un acantilado lo bordean para seguir caminando. Nadie les adelanta ni pueden dejar nada atrás. Cuentan que había culturas que se servían de su movimiento para dictar sus quehaceres, aunque ellos no ven llegar las estrellas. Y si en el camino alguien daña alguna piedra se pellizcan el cuerpo hasta hacerlo sangrar, incluso si ha sido un niño quien se lo ha hecho. No atraviesan ciudades porque temen que les arrebaten el paso y el viento.

                                 José Antonio Porcel. Camino.

Entre sus enseres no hallarás nada que organice sus días, pues caminan hasta que se pone el sol, o incluso de noche si la luz es oscura. No portan ni producen imágenes. En realidad, aun estando parados no cesan. Hay quienes aseguran haberlos visto sin pieles ni botas, desnudos como el frío, y solo abandonan el sendero para dejar de escucharse el corazón.