sábado, 16 de mayo de 2009

La dignidad: ¿un ente de ficción?

Releyendo las conclusiones a las que llega el filósofo José Antonio Marina en su ensayo La pasión del poder, me pregunto si en efecto, como él afirma, la dignidad consiste meramente en una ficción cultural, en un resultado, necesario y evolutivo, de la inteligencia creadora, o contiene una naturaleza objetiva y realizable en el mundo. Marina es un autor nietzscheano, y comparte con el filósofo alemán la idea de que de nuestra naturaleza brota un impulso creador que es el responsable de nuestras invenciones y proyectos científicos, artísticos, políticos. Ilusos creemos que somos sujetos y dueños de la historia, de nuestro porvenir, cuando son otras las fuerzas que verdaderamente rigen y determinan nuestras proyecciones venideras.

Marina piensa que la idea de dignidad resulta de ese ímpetu creador, preservador de la existencia, del deseo natural de sobrevivir y vivir mejor. En efecto, arguye Marina, sabemos que para vertebrar sociedades libres, seguras y pacíficas necesitamos actuar como si todos fuéramos seres dignos, merecedores de respeto, aun cuando en ocasiones nos veamos obligados a admitir que hay acciones o personas que no merecen dicha atribución. La idea de dignidad es una ficción, como Poseidón, el Quijote o los números primos, pero a diferencia de éstos es una ficción necesaria y constituyente de nuestras proyecciones políticas futuras. En cuanto ficción, la dignidad necesita de nuestra creencia en ella para existir y sustentar ese proyecto moral; en cuanto ficción constituyente - concepto acuñado por Marina -, es capaz de sustentar todo ese proyecto democrático, lo mismo que el dinero, en virtud de su valor simbólico, sostiene el actual sistema económico capitalista.

Recuerdo que la lectura de los Estudios sobre el corazón de Ortega y Gasset me hizo sugerir la idea de que la dignidad, lo mismo que la elegancia, la belleza o el bien, al contrario de lo que afirma Marina, podría consistir en una cualidad objetivable y realizable en las personas y sus acciones. Asumiendo este punto de vista, cabría decir de la dignidad, como del resto de valores estéticos y morales, que si bien no es susceptible de ser observada o constatada por los sentidos, a diferencia de las entidades físicas, sí lo es de ser valorada o estimada. Y si lo es, es porque tiene que ser algo, ha de tener una naturaleza, definible y valorable, anterior al concepto que utilizamos para referirnos a ella.

Con Ortega diría, en este sentido, que el concepto de dignidad se inventa, pero para referirnos a algo que está ahí, que estimamos y atribuimos a las personas y a sus acciones, contrariando a Marina, que afirmaría que la dignidad tiene una naturaleza únicamente conceptual, que, como tal, sólo existe en cuanto que es concebida por un colectivo de personas. Desde el punto de vista orteguiano, más próximo al mío, la dignidad sería, como la elegancia, la belleza o la justicia, una cualidad objetiva y realizable en las cosas, que no se inventa, sino que se valora en virtud de la operación de nuestra sensibilidad primaria. En este sentido, si la mayoría de personas, grupos sociales y culturas estimamos la dignidad, es merced a esa sensibilidad que todos compartimos, al sentido interno común, y no, como diría Marina, debido sólo a la conveniencia de fundar sociedades democráticas.

9 comentarios:

Jose Pedro dijo...

Hola David, en relación a la propuesta que haces a partir de Marina y Ortega a propósito de la dignidad te lanzo un comentario. Tu punto de vista es claramente fenomenológico: hay un a priori preconceptual desde el que podemos hablar de la dignidad como una cualidad objetiva; a partir de este a priori cualquier derivación conceptual no sería más que una invención a partir de ese ámbito no tematizado. Una aprensión genuina de la dignidad tiene que realizarse no tanto desde la reflexión (conceptual) propia de la ética como disciplina, sino a partir de esa sensibilidad común que compartiríamos toda la humanidad. De este modo podemos resolver la falacia naturalista a condición de hacer de la ética algo inefable: las propiedades normativas (éticas y estéticas) son cualidades objetivas cuya elaboración conceptual desvirtúa su propia naturaleza.

Creo que el resultado de tu propuesta es un mutismo ético que trae una complicación práctica considerable: elimina o minusvalora el aspecto visible de la dignidad, es decir, el que como concepto aparezca plasmada de forma escrita en una declaración de derechos, y por lo tanto en el derecho positivo, es decir, en una constitución que permita su realización efectiva.

Además ¿Existe verdaderamente esa sensibilidad común y universal a la que te refieres? En el caso de que así sea: ¿Podemos garantizar que nos referimos a la misma dignidad cuando sentimos algo como digno? El sentimiento puede ser el mismo pero motivado por elementos completamente distintos y opuestos.

A la espera.

Un saludo.

José Pedro.

David Porcel dijo...

Hola José Pedro, me alegra que me hagas esas preguntas porque nos va a permitir profundizar algo en el tema. Bueno, la verdad es que el post no pretende ser una propuesta mía, no pretende proponer nada sobre la cuestión, semejante cuestión, de los valores humanos. Únicamente quería destacar las razones por las que creo que Ortega está más certero que Marina sobre la cuestión de la naturaleza de los valores, pero nada más. En segundo lugar, decir que, más que de 'aprehensión genuina', hablaría de VALORACIÓN O ESTIMACIÓN intuitiva, que nada tiene que ver con el conocimiento. Creo que Ortega diría que NO existe un conocimiento inmediato de lo que es la dignidad, ya que su ser no se deja conocer; lo propio de su ser, en cambio, como el de la elegancia o el del bien, es que es valorable o (d)estimable. El acto de conocer nada tiene que ver con el acto de valorar; por lo mismo, lo que es conocido de cualquier ente, no tiene por qué corresponderse con aquello que es valorable en él.

En tercer lugar, y respecto a tu primer comentario crítico, pienso que el HECHO DE QUE ESA VALORACIÓN INMEDIATA SEA ANTERIOR AL CONCEPTO Y A SU MATERIALIZACIÓN, como bien refieres, NO SIGNIFICA QUE SEA CONTRARIA A ÉSTA, NI QUE LA MINUSVALORE. Que para que la madera llegue a ser una silla, ésta necesite del material, no significa que la madera sea 'contraria' o 'minusvalore' a la silla. Por el contrario, tan deseable es que funcione esa senisbilidad común, como que ésta se traduzca en un sistema de derecho fortalecido y eficiente. Po último, respecto a las dos últimas preguntas que planteas (¿Existe verdaderamente esa sensibilidad común y universal a la que te refieres? En el caso de que así sea: ¿Podemos garantizar que nos referimos a la misma dignidad cuando sentimos algo como digno?), te diría que debe de existir una VALORACIÓN, SI NO UNIVERSAL, SÍ COMPARTIDA entre las culturas que explique el hecho de que, si no todas, la mayoría considere de dignos comportamientos como el amor, el altruísmo, y de indignos (aunque no siempre censurados) actos como los exterminios, crímines, masacres, violaciones... ¿Consideras que alguien, en su sano juicio (moral, se entiende), pueda considerar de comportamiento digno, merecedor de reproducirse, el genocidio Nazi a los judíos?

Saludos

Jose Pedro dijo...

Hola David, me alegro que te tomes tantas molestias en contestarme de forma tan pormenorizada. Veo aquí el inicio de un diálogo fructífero.

Por partes. Dices que el acto de conocer nada tiene que ver con el acto de valorar. Pensemos en un valor como la utilidad. ¿Cómo valoro algo útil? ¿De todas las llaves que tengo en mi llavero cuál es la más valiosa para abrir una puerta determinada? Sin duda tengo que conocer previamente qué llave es la que funciona para valorarla como útil.

En segundo lugar, si la dignidad no puede ser conocida sino valorada en un acto emotivo, de forma coherente la elaboración conceptual de la dignidad será un producto inútil por la sencilla razón de que como tú dices la dignidad no es cognoscible sino estimable. El concepto (la herramienta para conocer) y su capacidad comunicable será por la tanto vacío y puramente formal. Esto es lo que quiero decir cuando afirmo que da la impresión de que minusvaloras el concepto de dignidad.

Por ultimo, afirmo con reservas lo que comentas al final: “debe de existir una VALORACIÓN, SI NO UNIVERSAL, SÍ COMPARTIDA entre las culturas que explique el hecho de que, si no todas, la mayoría considere de dignos comportamientos como el amor, el altruismo, y de indignos (aunque no siempre censurados) actos como los exterminios, crímenes, masacres, violaciones...”. Esa valoración universal existe por una cuestión puramente pragmática: son comportamientos que se han confirmado que funcionan, que son buenas soluciones que desde un punto de vista práctico tienen consecuencias favorables en la mayoría de las sociedades, y no tanto porque exista una sensibilidad común a toda humanidad.

La base emotiva de la moral existe pero es fruto de la educación y de la costumbre. Si nuestra sensibilidad moral se moldease con la finalidad de matar judíos no tendríamos inconvenientes en seguir haciéndolo.

Un saludo.

David Porcel dijo...

Hola José Pedro, de nuevo dispuestos a discutir tu postura. Seré breve, pero espero conciso. En primer lugar, creo conveniente una aclaración. Cuando digo que los valores como la justicia, la dignidad, o la elegancia no son susceptibles de ser conocidos, me refiero a que su ser no consiste en un conjunto de cualidades observables, sensibles, lo cual no significa que no sean cualidades concebibles o definibles. La elegancia se puede definir, como valorar, pero no conocer empíricamente. Me explico: la elegancia de un traje no está en él como su color, su tela, forma... Si al concepto de 'rojo' le corresponde una cualidad sensible, una sensación, no ocurre así con el concepto de 'elegancia'. La elegancia no se conoce como se conoce el rojo, su término no refiere a una cualidad sensible, no significa nada parecido a una cualidad real. Pienso, hasta aquí con Ortega, que el término elegancia significa 'la estimación que el traje merece', el valor que le atribuímos: se estima el traje elegante, o mejor, la elegancia en el traje, con ocasión de ver el traje; y se desestima la inelegancia del traje. Dicho de otro modo, el mundo no se compone sólo de cualidades que son observables, sino también de cualidades estimables (y por su puesto concebibles y definibles) Por eso Ortega dice de los valores morales y estéticos que, al carecer de realidad (empírica), su ser consiste en ser derechos o merecimientos (toma una definición, que se ha construido con posterioridad a la valoración). Son, pero su ser no es observable, tan sólo definible y estimable. Pero que sea definible no implica que deba de ser conocido empíricamente, como sí ocurre con las cualidades sensibles.

Por otro lado, sí que entiendo que puedan valorarse las cosas sin antes conocerlas: imagina que alguien se afane en conseguir la felicidad, que la busque, que lea todos los tratados que sobre ella se han escrito, que ponga en práctica todo modo de vida que se le ocurra, a fin de conquistar la anhelada felicidad, pero ello lo hace sin saber muy bien qué es la felicidad. Cree que la felicidad es un bien, que merece ser buscado, y espera reconocerlo una vez encontrado, aunque no necesariamente conozca qué es la felicidad. Le basta con tener una idea abstracta de ella y de valorarla lo suficiente como para ocuparse en su búsqueda.

Respecto a tu posición relativista y pragmatista, debo decir que no me convence, por lo siguiente. Si ocurriera que, como dices, "esa valoración universal existe por una cuestión puramente pragmática: son comportamientos que se han confirmado que funcionan, que son buenas soluciones que desde un punto de vista práctico tienen consecuencias favorables en la mayoría de las sociedades, y no tanto porque exista una sensibilidad común a toda humanidad.", para mí significaría tan sólo que LA SOCIEDAD ACTUAL VALORA O ESTIMA, POR ENCIMA DE TODO, EL VALOR DE LA FUNCIONALIDAD, hecho que ocurre, y que por ello no sólo se valoran las acciones que funcionen, sino que, como dices, se consideran favorables aquellas que funcionan. Ese pragmatismo presupone una cierta sensibilidad, lo cual hace que aquél no pueda refutar ésta, más bien corrobora su presencia. Por otra parte, no pienso que siempre midamos la calidad moral de las acciones por sus efectos, pienso ahora en el Nazarín de Galdós, o de Buñuel, cuyas acciones nadie duda que sean buenas y dignas, a pesar de sus consecuencias inintencionadamente dramáticas. Para terminar, aun admitiendo el punto de vista de medir la eficacia o la bondad de una acción por las consecuencias, caemos en el problema de que no podemos conocer en su totalidad las conseciencias futuras, de ahí que sería en todo caso una incógnita conocer el beneficio de la acción primera.

Saludos

Espero no haber rizado en rizo....

Jose Pedro dijo...

Hola David, menuda tesis doctoral, jejeje. Sigo teniendo mis dudas que te comento de forma breve:

a)¿Algo puede ser incognoscible y a la vez verdaderamente concebible ?
b)Si como tú afirmas la elegancia es algo ¿Cómo no va a estar referida a una cualidad real como también afirmas?
c)Si para buscar la felicidad partimos de una determinada idea abstracta, ¿no poseemos un conocimiento aproximiativo de la felicidad?
e) El pragmatismo que sostengo no elimina la sensibilidad pero la relaciona con algún tipo de experiencia empírica.
f) Nunca podemos concer el beneficio a largo plazo de nuestras acciones lo cual nos hace irresponsables a largo plazo, pero no a corto o medio. Tal vez nuestro sistema ético sea nefasto dentro de 3000 años, ¿que hace? ¿Lo dejamos de lado para volvermos hacia un nihilismo práctico?


Como te dije en el primer post tu postura es cláramente fenomenológica, y por lo tanto arrastra muchos de lo problemas de la fenomenología como tal: ver cosas donde los demás no las ven, una especie de intución o sensibilidad mágica que se tiene o no se tiene.

Además el pragmatismo es relativamente relativo,es decir, la valoración de algo como útil no es arbitraria, ni relativa. Se realiza de acuerdo con un argumento o razón prudencial. Decir que la solidaridad permite vivir mejor es algo objetivo, no relativo.


Espero mañana la contestación entre caña y caña.

Nos vemos.

David Porcel dijo...

Te contesto:

a y c) Sí, no es necesario conocer lo que es la felicidad para buscarla (es necesario para reconocerla, pero no para buscarla) Para buscar algo primero hay que concebirlo. Por tanto, algo puede ser incognoscible y a la vez concebible (se concibe el concepto, no la esencia)

b)está referido a una cualidad real, pero no sensible, sino pensable y valorable,

e y f) de acuerdo contigo

creo que la idea de la fenomenología que manejas no tiene que ver con la que maneja Ortega, que defiende la evidencia como criterio de verdad objetiva (y en esto es muy positivista): una proposición no es verdadera porque sentimos que lo es, sino que sentimos que es verdadera porque nos es evidente.

Por otro lado, el examen del criterio de verdad como evidencia en Ortega sí que da para una tesis,

ya hablamos,

M.Á.Velasco dijo...

Ya sabes David que me suelo dejar caer por tu cuaderno y, aunque siento interrumpir tan acalorada disputa, no puedo sino desearte afectuosamente un dichoso futuro( por la decisión que ha motivado vuestro viaje a Roma).
La dignidad, como la felicidad, es una cuestión de fe, frecuentemente desmentida por los hechos, pero exigida como condición necesaria para que se realice.
¡Felicidad! para los dos
Miguel Ángel Velasco

David Porcel dijo...

Muchas gracias Miguel Ángel, y estamos de acuerdo: la fe interviene efectivamente en la búsqueda de los valores morales

Gracias, y a ver si pronto nos vemos de nuevo por ahí en Zaragoza, que este año de dan aquí definitivo y nunca se sabe....

Gracias de nuevo,

un abrazo

Groove dijo...

Con el Plan Bolonia la dignidad desaparece.