viernes, 1 de marzo de 2013

La última lección de Chang Lien

Schopenhauer mantiene la convicción de que el dolor vivido tiende a expulsarse, a sublimarse en el mejor de los casos, de ahí que el material de los artistas, lo mismo que el de los psiquiatras y psicoanalistas, sea el sufrimiento humano. Recuerdo la lección que el maestro Chang Lien da a Pu Ya en La última lección de música de Chang Lien. La única forma de acercarle a la música, o mejor, de acercar la música a su corazón, es haciendo que viva hasta el fondo el desamparo y el miedo, abandonándolo en lo más profundo de las Montañas y en lo más oscuro de la Noche -"Empezó entonces a tocar la guitarra, cantando, y lloraba con dulzura. Luego lloró en el fondo de su corazón y sólo las lágrimas eran sonidos."- Para expresar primero hay que tener algo que expresar. Pero no sólo eso, sino que precisamente es el dolor, la necesidad vivida, lo que mueve a la expresión. Este es el tema de El problema de Aladino; también Schopenhauer lo enuncia con estas palabras: "Templos e iglesias, pagodas y mezquitas, atestiguan en otros tiempos, con su magnificencia y su grandeza, la necesidad metafísica del hombre, que, fuerte e indestructible, sigue paso a la necesidad física." (El amor, las mujeres y la muerte)

Y es que no sólo nos movemos por fines o valores. La concepción occidental del progreso se reafirma en la idea de que el fundamento del progreso, en cualquiera de sus modalidades, es la capacidad de valoración, de atribución de fines valiosos, dando a entender que sólo el fin proyectado mueve, o que la única manera de avanzar es progresando. Claro que para que la necesidad mueva, ésta tiene que despertar, manifestarse. La misión del enviado Phares en El problema de Aladino es precisamente ésta: revelar lo misterioso del mundo, lo asombroso del Ser, escenificado magistralmente en un jardín de suyo inexplicable, a fin de despertar el eros de conocimiento: "Los esfuerzos de Phares apuntaban si no a superar sí por lo menos a tender un puente sobre el dualismo y volver atrás pasando por todas las escisiones; también pasando por aquéllas en plantas y animales y en géneros. Para ello habría que sacudir en primer lugar los pilares del bien y del mal. Y entonces también podría caer la barrera entre hombres y dioses."

La experiencia del misterio es la chispa que enciende la llama. Lo primero no es el Ser, la Vida o el Yo. No hay realidades, sino experiencias primeras, y aquí confluyen la ciencia, el arte y la metafísica.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Maravillosa reflexión, muy apropiada además en estos tiempos huidizos que corren. Gracias.

Alba dijo...

"Lo primero no es el Ser, la Vida o el Yo. No hay realidades, sino experiencias primeras, y aquí confluyen la ciencia, el arte y la metafísica." Una conclusión muy sugerente e inquietante, quizá sólo el arte quede libre de la limitación del lenguaje para transmitir la experiencia del misterio.

M. A. Velasco León dijo...

Muy certera tu conclusión, experiencias primeras, fundadoras de toda construcción humana, incluida, por descontado, la propia conciencia. Tal vez la vida no sea sino expresar de diversos modos, e incluso sin saberlo, esas experiencias fundadoras.
Salud.

David Porcel dijo...

Gracias por vuestros sugerentes y siempre bien recibidos comentarios, quizá, en efecto, la cultura tenga una misma raíz experiencial. También pienso, Alba, que el arte ha de contar con un determinado lenguaje para expresar el misterio, solo que quizá más alejado del raciocinio y más próximo a lo instintivo. Vamos, que el artista posmoderno comparte más con el artista primitivo de lo que comunmente se cree.

Anónimo dijo...

Si hay una conciencia de experiencia primera humana es gracias a la oposición bienestar/dolor. Éste hace posible el corte del bienestar (que sería equivalente, en el caso humano, a una fusión oceánica con la madre/naturaleza) con esa plenitud/nulidad y, en consecuencia, la posibilidad de seriar ese placer/dolor en algo que acabará siendo el lenguaje.

Tu reflexión trata, según esto, de la experiencia como raíz (lo que está debajo) del lenguaje.
El misterio no es otra cosa, porque funda el lenguaje, el logos, lo diferencia de la máquina, y lo subvierte en esa explosión fundadora que llamamos inconsciente.

M.P.

Anónimo dijo...

¿Podrá, pues, una palabra, una palabra caída (las experiencias primeras), saltar de la nada al espacio (vacío, aunque delimitado por el logos) y, así, fundar el mundo, con sus realidades y sus ópticas?

O.V.

David Porcel dijo...

Buena pregunta, y esto confirma que lo primero es el Verbo, la Palabra. Pensaré sobre estas reflexiones tan sugerentes. T.H.

Manuel Marcos dijo...

Valiosísima reflexión, en la verdad que tiene lleva la belleza.
Salud

David Porcel dijo...

Gracias, Manuel. Saludos