miércoles, 15 de abril de 2020

Días luminosos

Para Ana Belén,

Los días de confinamiento pueden alargarse más de lo esperado y uno, aunque tiene sus redes y estímulos con los que conectarse con el mundo exterior, no puede evitar sentirse enclaustrado con los enseres de siempre. En las voces de muchos resuena el mensaje de que necesitábamos parar y este encierro servirá para pensar y proyectarnos hacia un mundo mejor, más pausado, más reflexivo..., pero mi sensación es que, mientras la naturaleza va liberando a sus ballenas y delfines de un confinamiento que le ha durado siglos, seguimos como el primer día aguardando el pistoletazo de salida, abriendo la prensa diaria a ver si algún lumbreras nos alegra el café con eso de que en julio podremos volver a las playas y volver con los nuestros a los bares.

No, la vuelta sobre sí mismo y la generosidad son una cuestión de hábito, de trabajo, de vigilancia constantes, "porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco ni un solo día ni un instante bastan para hacer venturoso y feliz" (Aristóteles). El confinamiento no guarda consigo la llave de ninguna revolución humana. La llave hace mucho que la hemos tenido, y sigue aguardando en quienes pasaban desapercibidos e inadvirtiendo cuanto nos rodea. Hace años que descubrí que la vida es demasiado valiosa como para desperdiciarla desocupándola con nimiedades o conversaciones vanas. Hace años que consagré la vida a cuanto más amaba dejando a la luz abrir mis ojos y a mis sueños cerrarlos. La vida hay que cantarla, no agotarla, llegando a sus rincones, explorando sus recovecos, sin perder mucho tiempo en reivindicar la que nunca tuvimos. La vida algún día se apagará, y entonces el recuerdo de aquella luz se desvanecerá para siempre.


martes, 14 de abril de 2020

El violín y la apisonadora

Día 32.

Yo la vería en la mejor compañía. En silencio y sin palomitas. Apenas 40 minutos de humanidad. Gracias Tarkovsky.

lunes, 13 de abril de 2020

A falta de pan buenas son tortas

Día 31,

En períodos de atrincheramiento es natural que sobrevengan preguntas acerca del nuevo mundo que queremos construir o de la nueva imagen que queremos de sociedad. ¿Y qué podríamos preguntarnos observando cómo el mundo se desmorona a nuestro alrededor? Si ya no preguntamos esto es que nos importamos un comino. Ciertamente, lo que vale de la pregunta no es tanto aquello por lo que pregunta como el hecho mismo de que lo preguntemos. ¿En serio alguien puede creer que podemos ponernos de acuerdo sobre el mundo que queremos? Pero si cuando vamos a por el pan nos cuesta ya decidirnos si de trigo o de centeno. Vamos, que lo de menos es llegar a mundos felices donde todos comieron perdices. Lo que sin embargo importa, y mucho, es que nos hagamos la pregunta, nos interpelemos a buscar respuestas, nos hagamos un nosotros. Esto, esto de ser nosotros, es lo que todavía no somos y quizá vaya siendo hora de reparar en ello.

                                 José Antonio Porcel, Paisaje negro

Y antes de cerrar la reflexión del día, una sugerencia a quienes aún se toman en serio esto de llegar a megalópolis felices: preguntémonos, mejor, por el mundo que no queremos,... y es que a falta de pan buenas son tortas.

domingo, 12 de abril de 2020

Entre líneas

A los primeros maestros,

¿Qué me llevaría a escribir aquellas palabras con trece o catorce años? ¿A desperezarme del sofá y teclear aquellas letras borrosas de la máquina de escribir de mi padre? ¿A irrumpir la placidez del sueño y aventurarme a juegos más serios? El caso es que no tendría más de trece o catorce años cuando vi El séptimo sello, de Ingmar Bergman. La vi no para buscar respuestas -¿qué podría buscar un niño de trece o catorce años?-, sino seducido por aquellos extraños personajes que trataban con la muerte o a quienes se les aparecían Vírgenes en medio de días claros. 


                                           Notas sobre El séptimo sello

A la luz de lo escrito, debí entrever la tensión que aúna el amor como fuente de verdad y el odio como origen de imposibilidad. Esta idea, sin duda, ha recorrido nuestra tradición desde que Empédocles asentara aquello de que el Amor es fuente de concordia y su ausencia (Odio) de división y discordia.


Ello se hace manifiesto en el volumen de los mortales
        miembros;
pues a veces por Amistad se aúnan todos
los miembros que conforman algún cuerpo, en la cima de la
        vida floreciente,
otras por el contrario, desgarrados por malévolas Discordias,
vagan errantes, cada uno por su lado, por la rompiente de
        la vida.

Empédocles de AcraganteAcerca de la naturaleza

sábado, 11 de abril de 2020

Jaulas enjauladas

En la infancia uno a la fuerza aprende a estar solo. Y es llamativo que las políticas educativas actuales pongan tanto empeño en diseñar planes y estrategias para la buena sociabilidad y apenas ninguno para que niños y adolescentes aprendan a vivir la soledad, si es que tamaña empresa es posible, que no está claro. Y no será porque no se piense que la necesidad del otro es lo natural y el aislamiento lo artificial, no vaya todavía a creerse alguien el cuento chino de que quienes huyen a pueblos y montañas es para regresar a un estado natural perdido. Puestos a distinguir soledades, yo diría que hay dos: la primera y las demás. La primera es puro motor y generación, y es que especialmente en la primera uno está a solas consigo mismo, sin más colchón en que recostarse. En la primera uno se hace ser para la muerte, soporta el arrebato del amor y se forja la esperanza. En ella uno se descubre parte de algo que sólo se puede mitigar. La soledad adulta es muy diferente, no es como la del niño, demasiado tierna para sentirse parte de algo y buscar la liberación, donde cuerpo, habitación y hogar son todavía lugares imaginados que no empujan a salir de ellos. Los adultos nos sentimos como pájaros enjaulados, vemos antes los barrotes que nuestras alas, y cuando nos refugiamos en ellas ya es tarde para que echen a volar. Nos agota tener que buscar la libertad. Por ello, y como medida terapéutica de confinamiento, invito al lector a sacar al niño que llevamos dentro, dejándolo asustar en la noche y mirándolo al sol de cuando en cuando. Poblaremos mundos imaginarios como la primera vez que amamos las cosas.

                                 José Antonio Porcel, En la niebla

Hay un vuelo libre anterior a las jaulas, vuelo inocente como el desnudo paradisíaco, que en nada las jaulas perjudican, coartan ni limitan; hay un vuelo coetáneo de las jaulas, un vuelo enjaulado, digámoslo así, pero libre, no obstante, para volar dentro de su jaula, hacia los cuatro puntos cardinales. (Juan de Mairena, Antonio Machado)

viernes, 10 de abril de 2020

Palabras compañeras


Hoy más que nunca los discursos pueden apaciguar, acompañar a tantos corazones sumidos en la confusión y la incertidumbre. Quizá, como en ningún otro tiempo, las palabras deban apartar a la razón de promover la inquietud acariciando el dolor de tantos hombres y mujeres prisioneros. Es el momento de hacer del lenguaje un sutil instrumento cuya eficacia moral sólo se verá recompensada por un gracias o un te quiero, como antiguos mitos que acompañaban a almas desamparadas preparándolas para el bien morir. Quizá vaya siendo hora de abandonar la confrontación y la dialéctica para dejar paso a ese otro discurso de palabras suaves, endulzadoras de tiempos cegados por el desasosiego. Abandonaremos aunque sea durante unos días la disputa sobre quién lo hizo o por qué no tomaron medidas, como cuando recibíamos de nuestros padres aquellos cuentos regalados que nos abandonaban al sueño. Miraremos los ojos de los demás como estando necesitados de consuelo y de verdad. «La recompensará será bella y grande la esperanza».

                              José Antonio Porcel, Caminando

Silencios sonoros

Hay silencios que no se explica que queden relegados a las periferias del pensar. Será que las periferias recogen lo que fuerzas centrífugas no logran contener expulsándolos a las afueras, como restos malogrados de obras inacabadas. Cuáles de estos sobrantes son centrales es una cuestión que sin duda requiere salirnos del pensamiento académico y zambullirnos en la aventura del conocimiento. Los advertimos no por lo que se dice de ellos, pues ya hemos dicho que son expulsados del convento y la opinión, sino por la manera como se muestran sin llegar a decirse. Aquellos sustratos subyacen a lo explícito, incluso sosteniéndolo y dándole unidad, pero sin llegar a verbalizarse. Dando forma a relatos, ficciones o piezas hiladas, causan estupor y alegría en quien los descubre, como el que halla la manera de convertir el mineral en piedra refulgente.

                                 José Antonio Porcel, Árbol en el río

"El lenguaje no vive de sus propias leyes; si así fuera, el mundo lo dominarían los gramáticos. En el fondo primordial la palabra no es ya forma, no es ya llave. Se identifica con el ser. Se torna poder creador. Y ahí es donde está su fuerza enorme, que jamás podrá ser convertida en moneda. Lo único que aquí hay son acercamientos. El lenguaje habita en torno al silencio a la manera como el oasis se emplaza alrededor del manantial. Y el poema corrobora que se ha logrado entrar en los jardines intemporales. De esto vive luego el tiempo." (Ernst Jünger, La emboscadura)