Calles de colores y altas, muy estrechas, me llevan en autobús hasta un patio interior, donde yace una familia, y al fondo una anciana a punto de osificarse. La veneran porque debe esconder algo que nadie sabe.
Sueño de marzo
Filosofía, cultura y educación
Calles de colores y altas, muy estrechas, me llevan en autobús hasta un patio interior, donde yace una familia, y al fondo una anciana a punto de osificarse. La veneran porque debe esconder algo que nadie sabe.
Sueño de marzo
Hay una luz que calma, apacigua, aquieta. Es la
luz de la vela en las noches de tormenta, la luz de los conceptos que ordena y
depura, la luz que espera al final de la cueva. Pero hay otra luz que arde, que
quema a quien se acerca a ella. Es la luz de quien ya no puede soñar, luz que
el poema no puede cicatrizar.
Hoy, tanta luz para ver solo
los hilos
perdidos de la noche recien muerta,
las agonías de
la esperanza,
las horas que
agitan las manos para que las escuchemos
tanta luz
para ver el
horizonte a lo lejos
como una boca
cerrada que no puede llorar.
Miguel Porcel,
25 de marzo de 2025
Estupenda la acogida de este encuentro que reunirá a alumnas, profesores, alumnos, profesoras, y algún que otro moderador sobre un tema que ocupa y preocupa. Pronto.
Miramos el mundo con el prisma de lo que queremos que sea. Proyectamos sobre él nuestras ilusiones, hacemos de él campos de juego, lo combatimos introduciendo nuevos principios, hacemos que sea lo que creemos que debería ser. El ser humano introduce sus propios planes en la naturaleza, los inserta en ella con su visión y luego vuelve a extraerlos de allí. Pero al actuar así vivimos proyectivamente, fuera de sí, y nos medimos por la alegría de nuestros juegos o la precisión de nuestros juguetes. ¿Y qué hay de aquella otra medida que no admite retirada? ¿Qué hay de aquella otra medida frente a la que no cabe combate? La consciencia nos abre el mundo, situándonos en él como actores de una escena. ¿Y ahora qué historia representamos?
A veces deberíamos parar la representación, cesar en nuestro empeño combativo, dejar que la vida, simplemente, sea. Caminar sintiendo el peso de nuestros pasos, amar viviendo más cerca las cosas, comulgar experimentando el cuerpo transformado. Ahí se iguala la vida del emperador con la del mendigo o la del pobre carretero. Cuando paramos y cesamos en nuestra lucha individual, cuando nos sentamos a reponer fuerzas y nos decidimos a continuar viviendo con lo puesto, esas diferencias que tanto significaban en los escenarios de la existencia se borran, ya no se tienen en cuenta. Fuimos todos arrancados, y ya no practicamos las éticas del bien y de la justicia, ya no pretendemos hacer del mundo un lugar a imagen y semejanza de nuestras ilusiones. Más bien, conscientes ahora del peso y gravedad de la existencia, de lo incompartible e inmodificable, aspiramos consentidamente a «lo bien que podemos estar», que no es poco.
Tienes el mismo cuerpo, con los mismos órganos y energías que el hombre de Cro-Magnon hace treinta mil años. Al vivir una vida humana en la ciudad de Nueva York, o al vivirla en las cavernas, pasas por los mismos estadios de la infancia, la llegada a la madurez sexual, la transformación de la dependencia infantil en la responsabilidad de la vida adulta, el matrimonio; después, la decadencia del cuerpo, la pérdida gradual de sus poderes, y la muerte. Tienes el mismo cuerpo, las mismas experiencias corporales, de ahí que respondas a las mismas imágenes. (Joseph Campbell, El poder del mito)
A veces me detengo a contemplar la naturaleza que nace de nuestro instituto, ¿o es nuestro instituto el que nace de la naturaleza? Y ver el juego de las nubes, o a las ramas estirarse con sus hojas, me llena de paz mientras me preparo para la clase del momento siguiente. Y mientras procedo así, me pregunto si no convendría que aprendiéramos todos un poco más de la naturaleza; por ejemplo, contemplando las partículas que contiene un rayo de luz, o las rugosidades de la hoja caída en el alféizar de la ventana. Y de esa manera que se avivara la llama del asombro, y de la curiosidad.
Se habla del amor a la pareja, a los amigos, del amor de una madre, del
amor al conocimiento y del amor a uno mismo. ¿Pero qué hay del amor a los
lugares? A esos lugares cotidianos, transitados, cuando nadie mira y de pronto
una persiana despierta porque había alguien al otro lado. Lugares firmes,
leales, vivos, de luces intocadas, que echaríamos encogidamente de menos si no
los tuviéramos.
¿Por qué no un canto diario al amor a los lugares? Lugares que nos suceden y dan paso.