Ayer vi –o vimos, según se mire- Jacquot de Nantes, de la directora Agnès
Varda. La película es la historia de un niño que aprende a soñar estando
despierto, mientras que con la manivela de su pequeño cinematógrafo hace bailar
a las figuras, y moverse, y susurrarles al oído en lo oscuro de la casa. La
película es, también, la historia de un refugio que transforma a un niño en una
vida de pasión y movimiento. Y cuando tiene a punto la proyección baja al
cuarto de abajo para que los demás vean su sueño.
El caso es que viendo la película
recordé estas palabras de George Steiner, pensando que también los profesores
deberían soñar, y equivocarse, y despeñarse. Y así crear, acompañados: “Estoy
asqueado con la educación escolar de hoy. Veo cómo se ha convertido en una
fábrica de incultos, donde no se respeta la memoria, el silencio ni el valor
del error. Me duele ver cómo se entrena a los niños para repetir sin pensar,
para vivir acelerados, sin tiempo para tener tiempo. Yo siempre he creído que
la poesía, la filosofía y la literatura forman el alma, y que aprender de
memoria no es una pérdida, sino una forma de llevar dentro lo esencial. Me
preocupa que estemos criando generaciones incapaces de soñar, de equivocarse y,
por lo tanto, de crear. La educación debería formar seres humanos completos, no
consumidores vacíos.”

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