¿Cómo es posible que lo inerte produzca tanta
fascinación como lo vivo? ¿O que Leibniz demostrara en el siglo XVII que lo
único que se necesitaba para realizar todas las operaciones de la lógica y la
aritmética eran el uno y el cero? ¿O que un vacío -un agujero, una ausencia-,
debidamente encajada, fuera capaz de dar vida con los primeros telares
mecánicos a la cornucopia de guirnaldas, rosas, leones, corderos, vírgenes,
ángeles y santos que adornaban las paredes de los hogares más lujosos de
Europa? ¿O que un telar, que es una máquina primitiva según los estándares
modernos, como revela Benjamín Labatut en el capítulo que dedica a 'Nicholas
Augustus von Neumann' en Maniac, “pudiera
encerrar en su interior la semilla de una tecnología que iba a afectar, para
bien y para mal, todos los aspectos de la experiencia humana”?
Fascinación y espanto es lo que el mismo telar
mecánico -convertido en insecto metálico de diez mil patas para una mirada
literaria- produce en dos hermanos que lo reciben de su padre plantado en medio
de su casa. En el mayor la fascinación lo lleva a querer saber todo de él, a
perderse en su infraestructura y a querer desentrañar cada uno de sus secretos
y entresijos: “No dejó de hurgar dentro del aparato, desarmándolo pedazo a
pedazo, llegó a estar tan inmerso que el segundo día se saltó el té y la cena, y
todavía estaba intentando descifrar sus secretos, arrastrándose por el suelo
para meterse dentro del mecanismo principal, o reptando a cuatro patas para
encontrar dónde iba la pieza que había sacado, cuando yo me rendí y dejé de
insistir en que lo dejara en paz y viniera conmigo a jugar al jardín antes de
que nos obligaran a irnos a la cama.”
Mientras, el pequeño, más temeroso y retraído,
sueña angustiado con el gran artefacto de diez mil patas cobrando vida y,
montado encima su hermano mayor, queriéndolo devorar.
*
Esta fue la actitud que asumí cuando recibí el primer Cinexin de mis padres. En lugar de querer saber de su funcionamiento destripándolo y matando sus secretos, seguía una y otra vez aquellas dulces proyecciones en el cuarto oscuro de las dos camas, a veces a solas, otras acompañado, pero siempre girando una y otra vez la manivela para recrear la misma historia a la velocidad que dictara la mano. ¿Qué contenía esa luz que me hacía seguir viéndola?

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