A veces las palabras, como los cuartos oscuros y los campanarios, no esconden nada en su interior. Sencillamente, encuentran su fuerza en las creencias que en ellas proyectamos, en la autoridad que otorgamos a quien las pronuncia, no siendo ellas mismas más que máscaras sin rostro, corteza sin semilla, eco de un sonido que ya no suena en realidad. Y, sin embargo, se mantienen tan vivas como la primera vez, condicionando comportamientos y apaciguando a corazones disidentes y rebeldes.
“¿En cuántas ocasiones de la vida nos detienen palabras dichas por alguien a quien hemos investido de autoridad? Padres, profesores, jefes, policías, médicos, afectos... Ninguno tiene autoridad salvo que se le conceda. Independientemente de que sea justo o beneficioso concedérsela, se la tenemos que dar primero para que pueda actuar. Ahí reside su verdadero poder. En el que nosotros otorgamos. Por tanto, la receta para eludir la autoridad de las palabras está implícita. Ser conscientes del poder que entregamos es importante para poder quitarlo más adelante y para salvaguardar la propia vida de la arbitrariedad”. (Alejandro Gándara, Los textos robados a la felicidad)

No hay comentarios:
Publicar un comentario