La ingenuidad, como lo que nos hace estar junto al génesis, no es privación, sino condición. No es extraño, en este sentido, que los grandes ingenuos de la historia, como Parsifal, Aladino, Prometeo, Sócrates o Jesucristo, hayan sido los grandes resucitadores de mundos que creíamos olvidados y de aventuras que pensábamos propias de dioses. El ingenuo, precisamente por morar junto al fuego de las cosas, es el verdadero amante de los hombres y del conocimiento, aquel capaz de abrirse paso haciendo suyo lo que es de nadie y, como Eros en pleno éxtasis, batiéndose por terreno inexplorado.
Ingenuos son los que avanzan sin llegar a conseguir ni a
conquistar, más bien, tendiendo, acercándose, dando pasos. La luz es hacia lo
que se tiende. No se conquista o consigue algo de luz. También hacia el otro se
tiende, y, en este sentido, la ética y la política son acercamientos. Ingenuos también son los que no preguntan para qué, porque confían. Los que no
necesitan saber porque ya saben lo que necesitan. Los que no invaden y dejan
fluir. Los que no saben de importes ni importan, pero a los que todo les
importa. Ingenuos son los que moran a solas
con ellos mismos, como Heráclito con su fuego, descubriendo que a las cosas hay
que dejarlas ir. La ingenuidad es condición, no resultado ni inconveniente.
“Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas. Esos
a los que llaman flojos y tibios y buenistas y cosas peores. Los que no gritan.
Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros, a los que no conocen.
Los que cuidan y preguntan qué tal estás con una curiosidad sincera. Los
honestos que van de frente y sin doblez. Los que se revuelven aunque les
critiquen, porque siempre critican. Los que hacen aquello que creen que tienen
que hacer. Los que dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que
está bien y lo que está mal. Los que hacen preguntas pero no son equidistantes:
los que se hacen preguntas para no ser equidistantes. Los que podrían dormir
tranquilos y, sin embargo, se desvelan.” (José Luis Sastre)

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