Interesantísima la nueva entrega de la Revista Ábaco dedicada a la Inteligencia artificial y la enseñanza de la filosofía. La educación contemporánea se enfrenta a un desafío
sin precedentes: preparar a los estudiantes para un mundo cada vez más mediado
por la tecnología y, en particular, por el desarrollo acelerado de la
inteligencia artificial (IA). Este desafío resulta especialmente relevante en
el ámbito de la filosofía, una disciplina que ha reflexionado históricamente
sobre la racionalidad, el conocimiento, el juicio, la ética y la singularidad
humana, y que, sin embargo, nunca ha podido ni querido pensarse al margen de
los problemas científico-técnicos que configuran cada época. La IA no
constituye, por tanto, un objeto externo o accidental para la filosofía, sino
un fenómeno que interpela directamente a sus categorías fundamentales y a su
función formativa.
Al
mismo tiempo, la rápida expansión de sistemas algorítmicos capaces de producir
textos, imágenes, decisiones automatizadas o recomendaciones normativas ha
reactivado viejas preguntas filosóficas bajo nuevas condiciones técnicas: ¿qué
significa pensar?, ¿en qué consiste juzgar?, ¿puede una máquina conocer,
decidir o incluso tener experiencias?, ¿es legítimo delegar en sistemas
artificiales tareas cognitivas, evaluativas o morales?, ¿qué ocurre con dimensiones
como el cuerpo, la afectividad o la responsabilidad cuando el conocimiento se
traduce en datos y cálculos? Estas cuestiones no solo afectan a la
investigación filosófica, sino también —y de manera decisiva— a la enseñanza de
la filosofía y a su papel en la formación crítica de los estudiantes.
En la sección
de Crónica y crítica de la cultura, también hablando de
educación, colaboramos con un artículo que titulamos Elogio del
recibimiento. Hacia una escuela no competencial, en el que defendemos la
posibilidad de construir una educación no basada en la idea del logro y la
consecución de objetivos. ¿Por qué tener que dirigir la educación cuando
ella no conoce reglas ni raíles? ¿Por qué no recuperar para nuestros sistemas
educativos una enseñanza que prepare para la vida? ¿Por qué no una educación
que haga prevalecer la curiosidad del conocimiento sobre el resultado de
conocer? ¿Por qué no abrirnos a la experiencia colectiva del descubrimiento
desoyendo la competencia? ¿Y por qué, en definitiva, no convertir las aulas en
escenarios de vida donde los alumnos se sientan más cerca los unos de los
otros?
