sábado, 26 de noviembre de 2016

Empezar la clase por el final

Cuando las condiciones me son propicias suelo comenzar la clase por el final. En lugar de aburrir a mis alumnos con teorías ya caducas sobre el ser o la inmortalidad, procuro que ellos se representen imaginativamente la situación que propició el nacimiento de aquellas teorías. Procuro hacer de máquina del tiempo para transportar a mis alumnos al momento fundacional de la teoría. El otro día, por ejemplo, en la clase de Filosofía de 4ºESO llegó el momento de tener que explicar la teoría de la inmortalidad del alma de Platón. La pregunta inicial no fue "qué quiso decir Platón con su defensa de la inmortalidad del alma", ni "qué llevó a Platón a argumentar en su defensa" (entender dichas cuestiones presupone, por otra parte, todo un bagaje amplio de conocimientos sobre la concepción metafísica del filósofo que un alumno de 4ºESO no tiene por qué tener) 

La pregunta inicial fue "por qué es deseable (si lo es) ser inmortales." La clase se transfiguró y fueron ellos los que, por unos instantes, ejercieron de enseñantes, adivinándose en su forma de expresarse una auténtica necesidad de dar(se) a conocer sus pareceres sobre el tema. Alumnos que hasta el momento habían permanecido mudos, atentos a unas explicaciones que no siempre circulan por la vía del sentido común, de pronto alzaban la mano afanosos en dar forma a unas ideas que parecían despertar de ellos: hubo quien defendió que damos valor a las cosas en tanto que son perecederas, que la condición de la estima y la belleza es la mortalidad, otro alumno afirmó que el anhelo de inmortalidad se fundamenta en la aversión a no ser, un tercero se aventuró a decir que la condición de la felicidad plena es la inmortalidad, en tanto que sólo por ésta puede alcanzarse la plenitud, y así hasta el último de los alumnos...

El resto de la clase fue fácil: completar sus pareceres con el de Platón.

viernes, 28 de octubre de 2016

El arte de provocar

Con medidas históricas, temporales, que no hacen sino lastimar o reforzar los artificios que ya lastra la educación, no va a solucionarse el problema. De hecho, no creo que la educación sea un problema. Lo será no cumplir con ciertas expectativas de ciertas autoridades, muchas veces viciadas por intereses espurios y mal camuflados. No, no debemos ver con el prisma de «lo problemático» la educación. Eso ya lo hacen los políticos, los psicólogos, los sociólogos, y todos aquellos que andan afanosos en ver problemas para luego ponerse medallas. Es sabido que la curiosidad es la madre del conocimiento, no de las ciencias, que se vuelven contra aquélla hasta hacerla casi desparecer.

Más bien, debemos ver la educación como un arte, esto es, como una «provocación», sólo que no dirigida a la piedra, a la luz o al silencio, sino al deseo. Cada vez estoy más convencido de que el profesor, como el artista o el mago, debe provocar al deseo, haciéndolo despertar de allí donde dormita, invocándolo para que luego discurra por un camino ya ajeno a la voluntad. Un alumno que afanoso levanta la mano esperando que alguien acoja su pregunta, que aguarda en silencio el término del discurso o siente el pálpito de la nueva intuición naciente, son la mejor muestra de que tal provocación ha acontecido. El maestro sabe entonces que ha penetrado en «lo intemporal», allí donde ninguna medida puede alcanzar o ninguna historia puede narrar.

sábado, 15 de octubre de 2016

Nuevos lugares habitables

Siempre que he entrado en un centro comercial he pensado que allí se trajina algo más que el mero hecho de ir de compras o de curiosear por los escaparates. Nunca me ha parecido que fuera un lugar de paso, que se deja una vez se ha obtenido lo que se desea (como un puente que se abandona una vez ya se ha cruzado, o una estación que se deja atrás cuando se ha tomado el tren) Más bien, me ha parecido que los grandes almacenes, más cuando adquieren proporciones mastodónticas, son lugares pensados para ser vividos. A nadie que no fuera un indigente se le ocurriría vivir en un puente, en una estación o en una plaza, lugares todos ellos de paso, aptos para la trashumancia y el transeúnte. No ocurre lo mismo con los grandes almacenes, que atraen a su seno a millones de personas diariamente, quienes, desde luego, no permanecen allí lo que les ocupa hacer sus compras sino todo su tiempo de ocio. Los nombres que adquieren algunos centros comerciales, como "parques de ocio" o "centros temáticos", y que incluyen calles y plazas, fuentes y jardines, galerías para exposiciones, bibliotecas y restaurantes, definen muy bien esta cualidad de ser lugares habitables, adecuados para la permanencia.

La idea de convertir un lugar de paso en un lugar de permanencia no es nueva, y ya la encontramos materializada en los grandes almacenes de finales del siglo XIX, como los famosos "Palacios de cristal y hierro", que tan elocuentemente retrata Emile Zola en El paraíso de las damas. Los grandes almacenes que comienzan a aflorar en los centros urbanos de las metrópolis emergentes -París, Londres, Berlín, Nueva York, Milán, Barcelona- pronto se convierten en el centro de gravedad hacia el cual se dirigen los nuevos trazados urbanos con sus miles de transeúntes. Como recuerdan Hugo Aznar y Marcia Castillo, en su capítulo dedicado al tema "El palacio de la mercancía: gran almacén y cultura moderna", De la polis a la metrópolis: "En vez del angosto entramado urbano medieval -apegado también a la necesidad, a la orografía del lugar -y tejido en torno a la posición central de las catedrales, ahora las grandes vías lineales de las metrópolis tendrán uno de sus centros en el gran almacén, convertido en referencia espacial, visual, vital y simbólica de sus transeúntes." (p. 84)

                                   Georg Grosz, Metrópolis (1916-17)

Tampoco es nueva la disposición interior de los grandes almacenes, de cada una de sus tiendas, de cada uno de los escaparates con sus luces y destellos, de cada uno de los pasillos y probadores, ni la forma de abrirse las puertas o de dirigirse a nosotros los dependientes, siempre atentos a nuestra avidez. Todo ello parece ir referido a nosotros, haciéndonos partícipes de un entramado premeditado, dispuesto por una especie de "mago" que aguarda tras las paredes, como si fuera él el único capaz de contentar nuestras fantasías más inconfesables.

Al llegar a la gran galería, alzó la vista. Era como estar en la nave central de una estación, que rodeaban las barandillas de las dos plantas, que interrumpían las escaleras colgantes, que cruzaban las pasarelas. Las escaleras de hierro de doble espiral subían en atrevidas curvas y múltiples rellanos. Las pasarelas de hierro, proyectadas sobre el vacío, lo franqueaban en línea recta, a gran altura. Y todo aquel hierro trazaba, entre la luminosa claridad de las cristaleras, una liviana arquitectura por la que se filtraba la luz; era aquélla la moderna plasmación de un palacio de ensueño, de una torre de Babel en la que se acumulasen pisos, se ensanchasen salas, se abriesen perspectivas hacia otros pisos y otras salas, hasta el infinito. 

E. Zola, El paraíso de las damas. 

sábado, 8 de octubre de 2016

Nueva edición de la Olimpiada aragonesa de Filosofía

¡Bienvenidos a la cuarta Olimpiada aragonesa de Filosofía!... La nueva edición se presenta con nuevos cambios y aportaciones, de los que os iremos informando en el blog. Uno de los cambios es que en esta ocasión la Olimpiada filosófica va a ser temática. Esto supone que las diferentes modalidades (disertación, dilema moral, fotografía filosófica y vídeo) girarán en torno a un mismo tema, y que además será el mismo para la fase nacional. 

El tema elegido en esta edición es "Nuevas tecnologías e identidad humana". Se trata de un tema abierto, abordable desde muchos puntos de vista, y que aúna tanto el aspecto simbólico del ser humano como su faceta tecnológica. Algunas cuestiones que podrían ser de utilidad para orientar el tema son: ¿Podrán los robots llegar a ser considerados personas? ¿Quién eres tú en la Red? ¿Perdemos o ganamos nuestra identidad con las nuevas tecnologías? ¿Es la tecnología un mecanismo evolutivo? ¿Cuáles son los límites de lo humano en la civilización tecnológica? ¿Del australopithecus al cyborg? ¿Puede pensar una máquina? ¿Puede vivir una máquina?




La comunidad anfitriona de la IV Olimpiada Filosófica de España es Murcia y tendrá lugar los días 5 y 6 de mayo de 2017.

Nuevos premios, nuevas oportunidades, nuevas experiencias, os esperan si os animáis a participar en esta estimulante aventura que es la Olimpiada filosófica. Pronto anunciaremos el calendario de actuación con los nuevos cambios introducidos para que, tanto profesores como alumnos, vayáis preparándoos para esta nueva edición.

Fdo: Comité organizador de la Olimpíada de Filosofía de Aragón

domingo, 24 de julio de 2016

Educación interdisciplinar

Una asignatura interdisciplinar es aquella que necesitamos conocer para entender cualquier cosa. Los actuales sistemas educativos, al menos los nuestros, nos quieren vender la idea de que la interdisciplinariedad se puede crear, se puede inventar, como cualquier otra técnica o artificio. Los intentos políticos de convertir un idioma extranjero en la lengua vehicular o de tecnologizar los procesos formativos son un ejemplo claro de ello. Pero no siempre ha sido así. Otras veces, en el pasado, asignaturas como historia, filosofía, semántica, tenían una especial importancia, y no tanto por lo que decían como por su condición de asignaturas interdisciplinares.

El carácter interdisciplinar de la historia se sustenta en una determinada filosofía por la que se considera la historia como un camino tendente a un fin, ya sea la verdad, el bien o la justicia. La idea es que todo profesor debería ser, al mismo tiempo, un historiador de su disciplina, porque la enseñanza, si ha de ser efectiva, ha de discurrir históricamente. Así lo expresa Neil Postman en Tecnópolis: “Porque enseñar, por ejemplo, lo que sabemos hoy de biología sin enseñar también lo que supimos antes, o lo que creíamos que sabíamos, es reducir el conocimiento a un mero producto de consumo. Es privar a los estudiantes de un sentido del significado de lo que sabemos y de cómo lo sabemos. Enseñar el átomo sin Demócrito; la electricidad sin Faraday; la ciencia política sin Aristóteles o Maquiavelo, o enseñar música sin Haydn es negar a nuestros estudiantes el acceso a «la gran conversación».”

Asimismo, convertir la filosofía en la asignatura vertebral del currículo exigiría del profesorado un alto grado de reflexión y de análisis sobre los contenidos que tuviera que impartir. Todo docente debería ser, antes que un especialista, un filósofo de su materia: de la ciencia, de la tecnología, de la política, del arte, de la religión. Por ello, no sólo trataría de proveer a sus alumnos de los conocimientos fundamentales, sino que les instaría a reflexionar sobre cuestiones metarreferenciales del tipo "qué es la verdad científica", "cuáles deben ser las condiciones óptimas de un experimento científico para que sea válido", "a qué llamamos una forma de gobierno juta", "qué es la belleza" o "si podemos demostrar la existencia de Dios". 

Finalmente, el conocimiento interdisciplinar de la semántica sería extremadamente útil para el desarrollo de la inteligencia y la identificación de los principios fundamentales del lenguaje. La semántica no sólo trataría de los diversos usos del lenguaje, sino de la relación entre las cosas y las palabras, los símbolos y los signos, las afirmaciones basadas en hechos y opiniones, la gramática y el pensamiento. Los alumnos, independientemente de la materia que cursaran, reflexionarían en todo momento sobre el sentido y la verdad de lo que están leyendo y escribiendo, descubriendo con ello los supuestos subyacentes de lo que se les dice. Al profesor se le exigiría, antes que nada, ser un lingüista.

Frente a estas alternativas, la pretensión actual de convertir las asignaturas vehiculares (como un idioma extranjero o el lenguaje tecnológico) en materias interdisciplinares, y, por tanto, exigibles a todo el profesorado, no sólo atenta contra el sentido natural del conocimiento, sino que acarrea un problema que no existiría en el caso de que fueran la historia, la filosofía o la semántica las asignaturas vertebrales. Y es que la introducción de artificios genera siempre una nueva realidad. En este caso, la introducción de una asignatura instrumental como el eje vertebral de la enseñanza genera un nuevo objeto de conocimiento, con lo que cambian las condiciones de accesibilidad al conocimiento de cualquier materia. Si hacemos del medio un fin y convertimos el dominio de las TICs o de un idioma extranjero en la condición de la enseñanza, ponemos al alumno ante un nuevo objeto de conocimiento (el lenguaje tecnológico, el idioma extranjero), que, como tal, exige de nuevas pautas de aprendizaje, de una nueva historia, de una nueva filosofía, de una nueva semántica.

jueves, 23 de junio de 2016

Próximamente... entrevista a Antonio Campillo

En el próximo número que la Revista Ábaco dedica al tema de las migraciones y exilios realizamos una entrevista al actual Presidente de la Red española de Filosofía, Antonio Campillo. En ella el filósofo desmonta algunos de los prejuicios más extendidos de nuestro tiempo referentes al lugar o al papel de la filosofía en las sociedades actuales. La filosofía, constitutiva de la condición humana, es una disciplina abierta que debe tender puentes, alianzas, entre las diferentes formas de conocimiento, contribuyendo a forjar los referentes desde los que enjuiciar y afrontar los problemas globales. La filosofía no sólo ha de librar batallas para combatir la raíz de leyes educativas que, como la actual LOMCE, la desplazan del sistema educativo, sino también para hacerse un lugar entre las diferentes ciencias con vistas a constituir un saber planetario que esté a la altura de nuestro tiempo.

En breve podrá adquirirse el número impreso, también disponible en formato digital.

domingo, 29 de mayo de 2016

Lectores silenciosos (segunda parte)

Es la pertenencia a la construcción orgánica, que integra elementos técnicos y humanos, lo que determina las posibilidades de elección. El sistema técnico impone el espacio donde luego puede intervenir la voluntad. Uno no se adhiere a una construcción orgánica por un acto de voluntad, sino que, más bien, casi por el hecho de existir, se impone la obligatoriedad a pertenecer a ella. Desde el momento en que me siento ante el ordenador me instalo en una construcción orgánica, instalada, a su vez, en otras mayores. Google, por ejemplo, se presenta como un servicio, pero más bien es el usuario quien sirve a Google (pregúntenles a sus fundadores cuánto se embolsan al año por las búsquedas) El sistema determina también las posibilidades del lenguaje (y si no lean un tweet, un post); esto es, nos pone ante el espacio donde debe discurrir el juego, sabedor de que, si no juegas, no eres. ¿Estamos obligados a saludar cuando alguien nos ofrece en público la mano? No, pero nos sentimos impelidos a ello. Cabe la posibilidad de no ofrecer la mano, pero nadie lo hace. El hecho es que hoy en día necesitamos hacer uso de las nuevas plataformas para formarnos, relacionarnos, abrirnos y mostrarnos al otro.

Detrás de todo hay siempre un Zapparoni, que vive sustraído del ritmo frenético, rodeado de relojes de arena. Zapparoni es un mago. Conoce el truco. Introduce el remedio para un virus que él mismo ha expandido y luego se sirve de la vacuna que le inmuniza contra él. No siente la necesidad de vivir conectado porque tiene todo lo necesario para vivir. Se conforma con llevar una vida contemplativa, pero es precisamente esto, la vida contemplativa, lo que no está al alcance de quienes viven conectados: "Zapparoni era un zorro astuto, que sabía vivir en su Malpertius y lo hacía a expensas de los tontos, como los boticarios que cobran a precio de oro sus drogas y remedios milagrosos mientras ellos y los suyos se mantienen sanos con los métodos de sus padres.” (Abejas de cristal, E. Jünger)

¿Qué cabe esperar? El problema es que no se educa en los medios si no interesa consumir este tipo de educación. Y todo lo que se aparta de la tendencia consumista no interesa. Es decir, la pedagogía del uso, que ve la técnica como un medio, funciona, pero sólo en aquellos casos en los que el ser humano se comporta como un fin y la técnica como un medio. Pero ahora ocurre al revés: el sistema es el fin y el usuario el medio (esto ya lo dijo Taylor hace más de cien años en Los principios de la administración científica) Tampoco la ética kantiana, que apela a la voluntad, puede servirnos, pues precisa de un querer sustraído de las determinaciones impuestas o preestablecidas. Lo primero no es ya la apelación a la voluntad, sino la determinación del campo de elección, que puede o no incluir aquella posibilidad. No, en realidad, ni la ética ni la pedagogía pueden ayudarnos. De hecho, el concepto de "ayuda" es inservible, está en desuso, porque nadie la reclama. La ayuda puede existir cuando alguien la solicita, y alguien la solicita cuando la necesita. Pero, ¿y si no hay necesidad de ayuda? Las éticas para náufragos no sirven. No es mediante la ayuda como podemos afrontar la situación en la que nos encontramos. De hecho, la pedagogía del uso y las éticas para náufragos pronto adquirirán la belleza de los fósiles raros.

Lo único que puede desconectarnos es el encuentro con lo real. Al topar con lo otro, con lo absolutamente otro, sobrevienen experiencias ancestrales como la admiración, el extrañamiento, el misterio, capaces de producir sobrecogimiento, de suscitar la pregunta por el sentido. Tenemos que vernos desnudos, en sentido literal. Tenemos que vernos como seres naturales que pertenecemos a un mundo natural, que estaba ya mucho antes del mundo tecnológico que nos habita. Tenemos que vernos como seres infinitamente ignorantes, a pesar de lo que sabemos por Internet. Tenemos que ver en Google un buscador de respuestas ya preestablecidas. Tenemos que ver, en definitiva, que las respuestas a aquellas preguntas ancestrales sólo las podemos responder nosotros.