jueves, 6 de septiembre de 2007

Milan Kundera, La identidad

Por el amor nos sentimos implicados en el mundo, nos sentimos formando parte de él; por él experimentamos más vivamente la soledad y el aislamiento respecto a los demás, que un día dejarán de mirarnos y les resultaremos ya indiferentes. El amor, en todas sus manifestaciones, es lo que nos hace sobrevivir, porque si por un instante sentimos perder nuestro ser amado, el mundo se vuelve inhóspito, feroz, y el tiempo ahí desnudo insoportablemente aburrido.
Os invito a la lectura de Identidad, una novela del escritor checo Milan Kundera (1929 - ), llena de reflexiones que como la que acontinuación transcribo retoman el asunto del amor y de su implicación para el ser humano:
"Jean-Marc miraba a Chantal, cuyo rostro, de pronto, se iluminó con una secreta alegría. No tenía ganas de preguntarle cuál era el motivo, contento con sabotear el placer de mirarla. Mientras ella se perdía en imágenes cómicas, él se decía que Chantal era su único vínculo sentimental con el mundo. Cuando le hablan de prisioneros, perseguidos y hambrientos, no conoce otra manera de sentirse personal y dolorosamente afectado por sus desgracias que la de imaginarse a Chantal en su lugar. Si le hablan de mujeres violadas durante una guerra civil, es a Chantal a quien violan. Ella y nadie más lo sacude de su indiferencia. Sólo por mediación suya es capaz de compartir.
Hubiera querido decírselo, pero le avergonzaba mostrarse patético. Sobre todo cuando le sobrevino otra idea, del todo contraria: ¿y si perdiera a ese ser único que le une a los humanos? No se refería a la muerte, más bien a algo más sutil, inasible, cuya idea le perseguía estos últimos tiempos: un día, el no la reconocería; un día, se daría cuenta de que Chantal no es la Chantal con la que ha vivido, sino aquella mujer de la playa por quien la había tomado; un día, la certeza que representaba Chantal para él se revelaría ilusoria y ella pasaría a serle tan indiferente como todas las demás."

lunes, 27 de agosto de 2007

Doce hombres y ningún culpable

Siempre he considerado que el cine proporciona la posibilidad de mostrar problemas interesantes que otras formas de conocimiento, como la filosofía, han abordado durante su desarrollo histórico. Es el caso de la película Doce hombres sin piedad (1957), del director Sidney Lumet, que recomiendo que veáis, porque proporciona un interesante ejercicio de reflexión en torno a la idea de evidencia y de verdad. En esta película Henry Fonda interpreta a un arquitecto que logra convencer a cada uno de los otros once miembros de un jurado de que existe un motivo razonable para dudar de la culpabilidad del acusado. Cada uno de ellos concluye que tiene una duda razonable por la cual debe emitir el veredicto de inocencia. El protagonista logra demostrar en un apasionado ejercicio dialéctico que las pruebas y hechos acusadores que se suponían claros e inconmovibles no lo son tanto y que, consecuentemente, lo razonable es emitir la inocencia del acusado.
La pregunta que suscita la película es la siguiente: de acuerdo con el método que sigue el protagonista consistente en buscar siempre una explicación que, siendo compatible con los hechos, permita dudar de la culpabilidad del acusado, ¿es posible encontrar algún modo para inculpar al acusado de forma irrefutable y definitoria?, ¿o por el contrario existe siempre la posibilidad de encontrar una duda razonable que le exculpe, de forma que la responsabilidad del jurado debe consistir en desmontar la presunta claridad e irrefutabilidad de las pruebas inculpatorias, tal como hace el protagonista?
Si esto fuera así, la estrategia de un buen jurado debería consistir en buscar una teoría que, siendo compatible con los hechos, permitiriera además pensar en la inocencia del acusado. Si el acusado fuera hallado culpable, se debería a la falta de pericicia e ingenio del jurado, incapaz de encontrar una reconstrucción de los hechos favorable al acusado. Porque, como es natural pensar, si asuminos que para un número finito de hechos pasados es posible hallar un número infinito (o casi) de explicaciones satisfactorias, entonces resulta imposible (o casi) que, aun siendo realmente culpable el acusado, pueda determinarse segura y necesariamente su culpabilidad. Siempre cabrá la posibilidad de encontrar una explicación que admita una duda razonable de su inocencia.
Podemos concluir entonces que todos los acusados, con independencia del número de pruebas inculpatorias y de su grado de incriminación, son en potencia inocentes y culpables. El fallo último va a depender del ingenio y capacidad imaginativa del jurado. Por tanto, la decisión acerca de la inocencia o culpabilidad depende en último término de algo ajeno a los testigos, las pruebas, la argumentación del fiscal o incluso de la defensa del abogado, ya que cualesquiera sean éstos, el factor decisivo a la hora de dictaminar la inocencia o culpabilidad del acusado será la reconstrucción que al final explique los hechos acaecidos. En este sentido, puede entenderse la película como un discurso que cuestiona, no sólo la validez del sistema judicial en su conjunto, sino la idea de evidencia como criterio de culpación. Porque..., ¿alguien me puede decir un medio para asegurar (sin riesgo a error) la culpabilidad de cualquier acusado?

domingo, 5 de agosto de 2007

Bergman, Unamuno y el no ser

Leyendo a Unamuno (pienso en Del sentimiento trágico de la vida (1912)) uno recuerda los conflictos internos que dan vida a los personajes bergmianos. La razón, nos dice Unamuno, resulta insuficiente para garantizar la existencia de un Dios que asegure nuestra inmortalidad. Sierva del deseo, de la vida, la razón a lo sumo puede acabar reconociendo sus límites y dejar de pronunciarse sobre toda realidad trascendente. Y entonces la alternativa (al menos una de ellas, la otra, la esperanza, es demasiado esperenzadora para el director sueco) es la desesperación, que tan bien manifiesta Ingmar Bergman en el personaje del caballero (El séptimo sello (1956)), quien tras regresar hastiado de las Cruzadas anhela calmar ese desgarro motivado por la imposibilidad de la razón. Su vida se convierte entonces en un incesante grito de desesperación.

Unamuno confiesa sentir horror a la nada, al no ser más, prefiriendo sucumbir en el peor de los infiernos que desaparecer definitivamente. La nada, aquello que no puede ser conceptualizado, ni menos imaginado ni representado, el límite del ser y del conocer (¿pero puede tener límites el ser, no era lo ilimitado?), significa para Unamuno lo que todo hombre rehuye, repugna en su vida. Y la única manera de repugnar esa realidad es afirmando incesantemente el ser, lo que cada cual es, deseando perpetuamente seguir siendo quién uno es.

¿Pero por qué ese horror al no ser?, ¿puede sentirse horror a lo que no es?, ¿pero no es el no ser un concepto demasiado humano para que llegue a horrorizarnos tanto? Es indudable que la negación la introduce el hombre.

Olvidaba además que la idea de no ser más es algo que algunas personas parecen haber anhelado (por las razones antes aludidas, ¿puede alguien anhelar algo que por definición no es?), para quienes el presente, su propio yo, debido a las circunstancias, les resulta insufrible, insoportable, y aquellos anhelos de perpetuidad se transmutan en un deseo de no ser más. Pienso ahora en el caso de Ramón Sampedro (al menos como lo caracteriza Alejandro Amenábar en su película Mar adentro (2004)) que a lo largo de su vida luchó por que se le reconociera el derecho a morir, a no ser más (nunca habló de querer encontrarse con Dios, eso es un privilegio que no podía permitirse)

No se puede morir en vida y luego volver a vivir. No se puede jugar con la muerte. Eso la convierte en un asunto más serio, en objeto de reflexión. Ya Platón desde los albores del pensamiento trató en vano de anticiparla. La muerte entonces es ante todo objeto de reflexión. Y es que es menester encontrar creencias firmes sobre el asunto, sobre lo que implica para nosotros la muerte, el estar muertos, para saber a qué atenernos en la construcción de nuestro porvenir.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Otro adiós a Ingmar Bergman

Recientemente ha fallecido en la isla de Farö el escritor, dramaturgo, guionista y director de cine sueco Ingmar Bergman a sus 89 años. En cada una de sus numerosas películas puede descubrirse ahí manifestadas sus inquietudes más vitales e inconfundibles, compartidas, eso sí, por otros pensadores como su maestro Sören Kierkegaard o su cómplice Jean Paul Sastre. La irreversibilidad de la muerte, de la de cada cual, vivida (como no podría ser de otro modo) para mismo, el vacío a la llamada de Dios, la falta de herramientas conceptuales y sensitivas para certificar su existencia, son asuntos que desde muy joven inquietaron al pensador sueco y que luego se tradujeron en su vasta filmografía.
Personalmente desde niño me inquietaron dos de sus películas consideradas por los cinéfilos como obras maestras dentro de su amplia obra. Y es que no hay un año en el que no vea de nuevo (a veces imaginativamente) El séptimo sello (1956) o Fresas salvajes (1957), sobre todo ésta última, que sobresale en su trayectoria como director. Fresas salvajes nos recuerda el momento irrevocable de la muerte, que llegará un día en el que tengamos que hacer un repaso y una valoración de nuestra vida, de la forma como la hemos vivido, de nuestras decisiones e indecisiones, de nuestros aciertos y errores, pero sobre todo, nos recuerda que en el momento último no habrá más juez que uno mismo, que será cada cual el que deba morir con dignidad o con culpa.
Fresas salvajes es un viaje interior que realiza el personaje Isak Borg, interpretado magistralmente por otro de los grandes directores nórdicos Victor Sjöström, hacia sus recuerdos y vivencias más primigenias, desde su temprana infancia en la que descubre los secretos más arraigados de sus primeros encuentros hasta los momentos en los que decide consagrar su vida a la medicina y el cuidado de los hombres. Pero ese viaje a su vez se convierte en un momento asombroso de lucidez para el doctor. En el trayecto descubre su posibilidad, todavía viva, de acabar con un egoísmo que se había adueñado de sus acciones y de reencontrar una generosidad perdida que le va a permitir abrirse a los otros y entrar en comunión con los demás (“La comunidad con los demás es nuestro instinto más profundo, buscamos eso y lo anhelamos con todas nuestras fuerzas para soportar la realidad: la soledad total.” Ingmar Bergman). Porque en el fondo a Bergman no le interesan la muerte, el no ser o Dios, considerados como realidades aisladas de la vida, del ser, o de la Nada, sino lo que implica y significa para nosotros el hecho irrenunciable de nuestra muerte, de nuestra existencia y de esa radical soledad.

Os animo a ver Fresas salvajes antes de que sea demasiado tarde…

lunes, 9 de julio de 2007

Aprender a filosofar

El ensayo Aprender a vivir. Filosofía para mentes jovenes (2007) que recientemente ha publicado el eminente filósofo francés Luc Ferry ha despertado un verdadero entusiasmo no sólo en Francia (donde se venideron más de 100.000 ejemplares en menos de dos meses) sino en otros muchos países del mundo. El éxito de este libro sin duda se debe a la claridad, el rigor y la amenidad con la que el filósofo aborda algunas de las cuestiones más controvertidas y difíciles de la filosofía continental.
A juicio de Luc Ferry toda cosmovisión filosófica incluye tres ámbitos dependientes, necesarios y, al mismo tiempo, irreductibles. El primero es la teoría, cuya función consiste en describir la naturaleza del mundo y del ser humano; el segundo es la ética, la cual, ateniéndose a dicha descripción, es la encargada de construir el referente normativo desde el que conducir la acción de los hombres; y, finalmente, está la sabiduría, que resulta de la actualización de esos preceptos morales.
Y todo ello, ¿para qué? El filósofo francés atribuye a la filosofía una función puramente terapéutica. El filósofo sería algo así como el responsable de curar o aliviar los síntomas derivados de nuestra consciencia de finitud (miedo, angustia, melancolía, nostalgia...) . Pero para ello antes es preciso ser un científico y disponer de un conocimiento fiable del mundo que nos circunda, incluido de nosotros mismos, de nuestra propia muerte, de lo que supondrá para nosotros ésta; luego un filósofo moral y construir una serie de principios normativos de acuerdo con dicho conocimiento; y finalmente ser un sabio y estar dispuesto a aplicar sobre uno mismo esos principios. Y así el autor explica cómo la filosofía antigua resuelve aquellos síntomas tratando de conciliar la voluntad singular con el logos universal, la teología cristiana mediante el respeto y el amor al prójimo y a Dios, y el pensamiento contemporáneo mediante el compromiso a abrirse al otro y conocer así lo humano que hay en nosotros y en nuestras obras.
Desde aquí os invito a que leáis este ensayo que seguro os permite comprender un poco mejor la filosofía y, por qué no, el ser humano: http://articulo.mercadolibre.com.mx/MLM-15327408-aprender-a-vivir-filosofia-para-mentes-jovenes-luc-ferry-_JM

domingo, 24 de junio de 2007

El conocimiento, una actividad demasiado humana

Uno de los ensayos sobre educación que más me sigue cautivando es el estudio que realizó durante diez años Ken Bain sobre la metodología pedagógica que siguieron en sus clases los mejores profesores universitarios (pínchese http://www.agapea.com/Lo-que-hacen-los-mejores-profesores-universitarios-n280899i.htm) Leyendo este libro uno se da cuenta de la importancia de considerar el conocimiento como un proceso constructivo vinculado íntimamente al espíritu humano. En este sentido, el autor insinua que antes de comenzar a explicar, por ejemplo, el sistema newtoniano del mundo o la teoría de la historia de Hegel, primero es preciso entender que el conocimiento no es sólo un conjunto articulado de conceptos más o menos complejo, un sistema objetivo de conceptos, argumentos y conclusiones, sino una forma de responder a una serie de problemas previamente planteados que han llegado a preocupar y ocupar nuestro tiempo.

La concepción del conocimiento más usual que considera el saber como una sucesión objetiva de teorías malogradas oculta a mi entender la fuente del conocimiento y su vinculación con el ser humano. El conocimiento no consiste meramente en una sucesión caprichosa de sistemas conceptuales, capaces de responder o abordar de una manera más o menos satisfactoria una serie de problemas que han preocupado a la humanidad. Es también resultado de una actitud vital, de un deseo de apaciguar una serie de inquietudes íntimas y personales. Si como profesores nos quedamos con la primera concepción del conocimiento nuestra tarea y responsabilidad se reducen a entender las teorías y a usar las herramientas pedagógicas para transmitir dichas concepciones a nuestros alumnos de una forma más o menos inteligible. Por el contrario, si entendemos el conocimiento como un resultado inmediato de una actitud humana, vital, compartida por tanto también por el conjunto de personas que integra nuestra clase, nuestra tarea podrá comenzar por escuchar al alumno y así conocer su posición personal sobre el problema que se trate (que seguro ya la tiene). El siguiente paso consistirá en lograr que el alumno tome consciencia de la debilidad de su concepción y así se sienta preparado (y lo que es más importante, interesado) para aprender una teoría mejor que la suya.

El profesor entonces no debe comenzar por el inicio de la historia del conocimiento, ya sea científico o humanístico, sino por el final, es decir, debe conocer el punto de llegada antes de conducir al alumno en su búsqueda de conocimiento. Por ejemplo, he tenido este curso un alumno para quien la filosofía de Platón constituía un auténtico referente teórico desde el que solucionar el problema (su problema) de cómo prepararse para la muerte y de cómo vivir. Sería un error imperdonable permitir que este alumno acabara pensando desde la concepción de Platón, ya que ésta es a la luz de los hallazgos científicos y filosóficos precaria y errónea. Afortundamante vivimos en el siglo XXI y debemos aprovecharnos de nuestra experiencia histórica para educar mejor a nuestros alumnos, pertenece a nuestra responabilidad como profesores. El problema al que debemos enfrentarnos, en este caso, no debe consistir por tanto en hacer inteligible la cosmovisión de Platón, sino en hacer comprensible al alumno por qué la teoría de Platón no es adecuada para solucionar su problema vital (para lo cual, por cierto, la concepción aristotélica nos viene como anillo al dedo). Sólo así se descubre la filosofía como una sucesión necesaria de conocimientos y deviene la verdadera educación.

jueves, 14 de junio de 2007

Un esencialista entre dos guerras



Existe una suma notoria de escritores europeos que consiguieron sobrevivir los totalitarismos, la barbarie y el derrotismo, que caracterizaron buena parte de la historia política del siglo pasado, mediante una disposición interior, un talante diría yo, que luego se traduciría en una obra poética, filosófica acorde a dicha actitud. Éste es el caso del escritor alemán Ernst Júnger cuya vida recorrió casi la totalidad de un siglo marcado por el totalitarismo, la destrucción y el desarraigo.
En el excelente episodio que dedica el ensayista y poeta Adam Zagajewski (otro de estos escritores exliados, pínchese http://www.acantilado.es/ficha.asp?id=293 ) al pensamiento de Ernst Jünger en Dos ciudadaes (1995), presenta a éste como un autor de espíritu esencialista necesitado de descubrir el sentido del mundo en cada uno de sus rincones: "Jünger percibe el mundo como un todo extremedamente diverso, donde cabe una infinidad de cajones llenos de especies, órdenes, subespecies, tipos, peculiaridades y excepciones. La realidad es compleja, pero está jerarquicamente estratificada. No es una coincidencia que para Jünger una de las mayores autoridades fuera el botánico sueco Linneo. La contemplación a la que Jünger se entrega no parece salvaje ni caprichosa; además de ser fuente de un placer estético, contiene momentos de clasificación del todo racionales. El nombre latino de una flor corona un acto de contemplación casi erótica. Lo mismo ocurre con los minerales. Diría más: ¡los humanos no constituyen ninguna excepción en este sentido¡"
El escepticismo de Zagajewski respecto a la validez de esta concepción esencialista le lleva a considerar a Jünger como un escritor de la ambigüedad y su literatura como un vasto juego de metáforas, inteligentes e ingeniosas, capaz de empañar y ocultar una realidad llena de una violencia brutal e incomprensible. En efecto la concepción del mundo que sostiene Jünger se construye desde unos intereses y expectativas que también animaron los grandes sistemas clásicos esencialistas. El anhelo de entender el mundo, de descubrir su sentido y su fundamento primero, el lugar y papel del hombre él, ha impulsado todos los grandes sistemas idealistas y racionalistas a los que Jünger, paradójicamente, se enfrenta desde los comienzos de su obra. Se trata de un anhelo de hacer comprensible el mundo, de encontrar una razón de ser a cada una de las acciones de una época marcada por la barbarie y la destrucción, en definitiva, de hacer habitable un mundo que de por sí se presenta deshumanizado e inhóspito.
Porque..., ¿hay alguna forma más eficiente para vencer la barbarie y los totalitarismos, la angustia y el desánimo, que vestir al mundo de un ropaje de sentido y conseguir que éste se muestre compensible, que cultivar un sentimiento estético del mundo por el cual descubrir su belleza?
Dejo en Un rincón para jüngerianos una serie de páginas que podéis visitar para acercaros a conocer la obra del excelente pensador alemán.