viernes, 25 de febrero de 2011

Una valiosa lección

Porque fue mi maestro quien me enseñó no solamente cuan poco sabía, sino también que cualquiera que fuese el tipo de sabiduría a la que yo pudiese aspirar jamás, no podría consistir en otra cosa que en percatarme más plenamente de la infinitud de mi ignorancia.

Karl Popper, Búsqueda sin término

miércoles, 23 de febrero de 2011

Aforismos varios VII

Para Ana Belén, en este tiempo que parece dilatarse:

La muerte parece existir solo para quien la anticipa.

Lo caduco y perecedero carecen de opuestos.

Es la razón la que opone lo eterno e inmortal a lo perecedero. Más allá de aquélla, no hay tal división.
En la música se adivina el silencio de los dioses.

jueves, 17 de febrero de 2011

Aforismos varios VI

Para escépticos y no escépticos,

Quien tiene verdaderas razones para no creer en nada ya sabe algo.

El error de Descartes consistó en no dudar de su propia filosofía.

La filosofía, a diferencia de la ciencia, no busca asentar fundamentos, sino desmontar los ya establecidos.

Un filósofo crédulo es como un cuadrado redondo: un ser imposible.

viernes, 11 de febrero de 2011

El don del librepensador

Existe cierta inclinación instalada en lo más hondo del ser humano a realizar aquello que la sociedad espera de él. Quizá sea el miedo a la soledad lo que explica este fenómeno, visible en muchos ámbitos y contextos. De alguna forma, parece que nos cuesta desatender lo que la sociedad demanda de nosotros y recogernos en nuestra intimidad para descubrir lo que verdaderamente pensamos y sentimos sobre cualquier asunto. Debe ser por eso por lo que me gusta tratar con artistas, científicos y filósofos, verdaderos expertos en el arte de la ensimismación y del recogimiento. Su libertad y fortaleza radican precisamente en su capacidad para desatender lo social y apostar por ellos mismos. De hecho, el don del librepensador no radica en su talento, variable y multiforme, sino en la valentía para suspender las demandas del yo social, recogerse en sí mismo y actuar conforme al pensamiento recibido. Es gratificante comprobar que todavía hay alumnos con la fortaleza y el inconformismo suficientes para cuestionarse el discurso de los otros y aventurar preguntas todavía no resueltas. La sociedad luego vivirá de ellos.
No se crea que es desear faena tan fácil. Observen ustedes la específica angustia que experimenta el nuevo rico. Tiene en la mano la posibilidad de obtener el logro de sus deseos, pero se encuentra con que no sabe tener deseos. En su secreto fondo advierte que no desea nada, que por sí mismo es incapaz de orientar su apetito y decidirlo entre las innumerables cosas que el contorno ofrece. Por eso busca un intermediario que le oriente, y lo halla en los deseos predominantes de los demás. He aquí la razón por la cual lo primero que el nuevo rico se compra es un automóvil, una pianola y un fonógrafo. Ha encargado a los demás que deseen por él. Como hay el tópico del pensamiento, el cual consiste en la idea que no es pensada originariamente por el que la piensa, sino tan sólo por él repetida, ciegamente, maquinalmente reiterada, hay también un deseo tópico, que es más bien la ficción y el mero gesto de desear. (Ortega y Gasset, Meditación de la técnica)

viernes, 4 de febrero de 2011

Himno

El lenguaje nos libera de la servidumbre de lo inmediato y del instinto, pero también aprisiona en vano ese fondo intemporal del que rebrotan los sueños y la poesía. Hoy os dejo con algo de Bécquer, y es que con tanto bilingüismo había olvidado la carencia de todo idioma.
Para Marta ("mi amiga"):
Himno
Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de este himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirlo, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa¡
si teniendo en mis manos las tuyas
pudiera, al oído, contártelo a solas.

Gustavo Adolfo Bécquer

sábado, 29 de enero de 2011

Falacias educativas (I): El bilingüismo

Uno de los programas educativos actuales para favorecer el estudio de una segunda lengua es el Proyecto de Sección Bilingüe, implantado ya en la totalidad de la comunidades autónomas y con visos de extenderse por los centros de enseñanza secundaria. La idea es sugerente: que el alumno ejercite lo más posible la lengua extranjera que quiera aprender estudiando otras asignaturas, como Geografía e Historia, Educación plástica y visual, Educación para la ciudadanía, Educación Física, Matemáticas, Tecnología, en ese idioma. Sin entrar en los problemas pedagógicos, laborales o jurídicos que la implantación actual de este programa puede generar, me gustaría reparar en la falacia en la que se sustenta dicho programa. Y, bueno, en matemáticas todavía me pudieron enseñar (afortunadamente en castellano) que un sistema lógico apoyado en una falacia es inconsistente. El sofisma es el siguiente: Si al profesor participante del Proyecto de Sección Bilingüe se le exige un determinado nivel de inglés, francés o alemán (B2) es porque se entiende que va a necesitar de dicho nivel para participar adecuadamente en el programa. Entonces, si en efecto, como es su obligación, hace uso de ese nivel en sus clases, el alumno, principal destinatario del programa, no va a poder entenderle, pues precisamente la finalidad del programa consiste en que el alumno domine no ya ese nivel del idioma extranjero, sino otro inferior. Es decir, estamos presuponiendo que para realizar adecuadamente el programa se requiere haber conseguido lo que se pretende con dicho programa, y esto, señores, es una petición de principio.

jueves, 27 de enero de 2011

¿Y si Nietzsche tuviera razón?

Quien aprende, se dota a sí mismo de talento -sólo que no es tan fácil aprender, y no es cosa de la mera voluntad, hay que poder aprender (Friedrich Nietzsche)
Imagino que lo mismo que el entendimiento tiene sus límites, las posibilidades de aprendizaje tampoco son infinitas. De hecho, por poner un ejemplo, en su época nadie más que Nietzsche pudo aprender lo suficiente para acabar superando la filosofía anterior. El aprendizaje, o la capacidad para aprender, tiene sus límites, sus fronteras, que naturalmente no son fijas e inamovibles, sino todo lo contrario, conforme el aprendiz va asimilando nuevos conocimientos dichas fronteras se amplían. Podría decirse que el conocimiento conlleva un aumento de nuestras posibilidades de conocimiento.
Si el criterio para discernir las posibilidades de conocimiento es justamente la cuantía de conocimientos que un alumno pueda tener, no entiendo por qué forzosamente a los alumnos se les tiene que agrupar ateniéndose a su edad biológica. He tenido alumnos de 2º de la ESO que en clase me han planteado preguntas que solo algunos de 2º de Bachillerato han podido hacerme, y al revés, en estos cursos más elevados los hay que todavía no saben dotar de sentido a las oraciones. El problema se agrava cuando el profesor se encuentra con que a unos cuantos alumnos, los más aventajados, les resulta demasiado fácil la materia, pero a otros tantos los mismos contenidos se les hacen tediosos e incomprensibles. ¿Cómo es entonces posible atender a la diversidad, cuando ésta, lejos de ser una excepción, es la norma?, ¿cómo un solo profesor puede ser capaz de adecuar y equilibrar la exigencia que conlleva su especialidad a las posibilidades de aprendizaje de sus alumnos?
Resulta que para ser buenos profesores deberíamos de ser capaces de desdoblarnos en tantos grupos de alumnos como posibilidades de aprendizaje hay en un mismo curso. La situación es la misma que si a un cirujano le obligáramos a intervenir en diferentes operaciones, unas más graves que otras, en una misma sesión. ¿No nos parecería una locura asistir a un hospital donde nos dijeran que a nuestro familiar le van a intervenir junto a otros veinte con diferentes sintomatologías? Lo que no entiendo es por qué sólo a unos pocos les escandaliza la situación que actualmente se está viviendo en las aulas españolas. No podemos exigir a la Administración que cada alumno tenga su profesor, pero sí que el gasto se destine fundamentalmente a favorecer una educación basada en la atención a las posibilidades de aprendizaje de cada alumno y en la consideración y respeto de la labor docente. Os aseguro que la calidad de la docencia se incrementa sustancialmente si estamos ante un grupo de 10 ó 15 alumnos que si nos encontramos con 30 ó 35, y más todavía si entre esos 10 ó 15 alumnos no hay gran disparidad en cuanto a sus posibilidades de aprendizaje. Y no olvidemos que las posibilidades de aprendizaje de los alumnos dependen directamente del clima de trabajo con que se encuentra el profesor en las aulas, y no de tanto programa educativo de ampliación o refuerzo de materias. Quizá, gastando un poco más en lo que la mayoría de profesores demandamos, después habría que gastar menos en tratar de reducir o camuflar el fracaso escolar imperante en nuestro país.