sábado, 8 de enero de 2022

¿Por qué apelar al sentido común?

Recuerdo a nuestro profesor de primaria contándonos un relato que versaba sobre un hombre que tenía que vivir en un mundo absurdo, lleno de contrasentidos e incongruencias. El mundo que el profesor nos describía asemejaba a un sanatorio psiquiátrico con puertas que se cerraban cuando debían abrirse y suelos que se hundían cuando debían sostener. Apenas había gobierno y el que había lo componían hombres que decidían arbitraria y caprichosamente, resultando ciudades con calles que no daban a ninguna parte y ayuntamientos que se perdían en burocracias interminables. O eso es lo que me representaba cuando escuchábamos a nuestro viejo profesor.



Y el caso es que, en cierto modo, nuestro mundo -al menos el del ámbito educativo- asemeja al relatado: órdenes legislativas que llegan a destiempo, medidas que derrochan recursos allí donde no hacen falta o que no alcanzan donde hay necesidad, ideas “innovadoras” consistentes en la reproducción, torpe y mutilada, de prácticas ancestrales, duplicaciones de tareas inservibles, propósitos que podrían llevarse a cabo sin llevarse a cabo, papeles e informes que incomunican, prohibiciones que no prohíben y permisos que no permiten, y un sin fin de sutilezas que ahondan en la desmesura y el absurdo. Algo así como una novela de Kafka en 3D.

Por ello, ahora que tras la reanudación del curso corresponderá decidir si se lleva a cabo o no alguna actividad educativa o esfuerzo colectivo orientado al provecho y ánimo de nuestros alumnos, no deberíamos fijarnos como criterio de decidibilidad en si estos empeños son congruentes o responden al sentido común. En un mundo en el que el contrasentido y la incongruencia se han vuelto el estado normal, decidir que no se lleva a cabo una actividad porque no es congruente tiene tan escaso valor argumentativo -es más, debería rechinar tanto- como decidir, en un mundo donde el sentido y el orden son la norma, que no se lleva a cabo una empresa porque es congruente.

Quizá vaya siendo hora de dejar de apelar al sentido común en esta vida de contrasentidos.

1 comentario:

M. A. Velasco León dijo...

Tristemente, sí, tal es lo que va sucediendo, y en modo creciente.
Y sin embargo no podemos renunciar al deseo, mejor, a la intención (es decir a la esperanza), de un mundo educativo donde las contradicciones se reduzcan al mínimo y un proyecto de humano y de sociedad sean su guia.