El Certamen de debates de ayer fue otra muestra de que la
palabra prevalece aún cuando nadie la usara. Sin móviles, artilugios,
salvo un atril de madera y cuatro o cinco mesas pintadas de blanco, nuestros
alumnos y alumnas supieron dar voz a sus pensamientos y opiniones más
viscerales. De muy adentro salían sus palabras cuando recordaban el menosprecio
que habían sentido por ser chicas y decidir estudiar mecánica de automóviles, o
cuando se quejaban de no encontrar espacios compartidos para reflexionar sobre
asuntos como la igualdad. Igualdad, que no identidad, significa, como tan bien
supieron expresar entre públicos diversos, reconocimiento de las
mismas oportunidades en la vida y en el trabajo.
Ahí, mientras apoyaban sus fichas
plastificadas, por temor a que de un soplido desconocido echaran a volar las
páginas que con tanto esmero habían sido llenadas, se sentaban ellas, las
alumnas de FP Básica de Cocina y Restauración, que hacía solo unos meses
temblaban cada vez que escuchaban el eco de sus voces por el micrófono, y
proyectaban sus pensamientos diciendo y leyendo, leyendo y diciendo,
intercalando la mirada y asegurándose de que sus ideas llegaran al público.
Y, luego, habiéndolo preparado todo tan concienzudamente, tras ensayos en el espejo
y fuera de él, alumnos y alumnas de 1º de Grado Medio y 1º Bachillerato
debatieron entre sí mientras el público alzaba la palabra. Una
experiencia, bella, gloriosa, significativa, la de ver reunido a nuestro alumnado de diferentes
enseñanzas y procedencias, edades y países, debatiendo sobre asuntos que,
sabido es –aunque no siempre reconocido-, es cosa de todos.
Una experiencia, la de ayer, que uno vivió
como otra semilla de actividades que harán, quizá, lo más valioso:
reunir a jóvenes haciéndolos conscientes de que son ellos quienes ya están
construyendo nuestro presente. ¡Enhorabuena!



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