Mostrando entradas con la etiqueta Deporte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Deporte. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de agosto de 2021

Realismo heroico

A mi hermano, 

Hay quienes creen sobrevolar las nubes sin levantar los pies, o pisar las huellas de otros como siendo las propias. Son los iluminados que tiemblan cada vez que escuchan el cántaro romperse o las cenizas echar a volar. A veces incluso viven fuera de sí, como esos pájaros que vagan sin rumbo porque han perdido el tren de la vida y ya sólo les queda regresar a lo oscuro de la tierra. Estos iluminados, abundantes por condición, suelen portar relojes biorítmicos y alistarse en los circuitos consumistas de la marca y el conseguimiento. Se vanaglorian de lo conseguido y coleccionan en su imaginario medallas de las que piensan, ilusos, que les harán inmortales. Son los corredores que imprimen el número en su muñeca porque ya sólo saben contar y desconocen la manera de no soñar. Son los que se esfuerzan sin marchar a caminar, sin iniciar siquiera nada, como quien se autoproclama caminante por dominar la cinta métrica de correr.

Frente a ellos, los verdaderos, se encuentran quienes hacen camino, tejiendo a cada paso una nueva aventura que contar, un nuevo recuerdo candoroso para otros. Son los que arriesgan y al mismo tiempo pueden temer. Son los que rehúsan de la marca y el registro, y a lo sumo lo admiten como regla de juego con la que lanzarse a los abismos solitarios. Son los que siguen la luz porque esperan algo de ella, dejando atrás el ego y cuantas nebulosas prenden a quienes lo rodean. Son los que confían en la fuerza de la tierra porque aman cuanto hay en ella. Como algunos pájaros, juguetean con la muerte viéndola pasar desde su escondrijo.

A ellos.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Una crónica de la Race Across France

Comparto la crónica que hace mi hermano de la Race Across France de 2019, como ejemplo de aguante, superación y pasión por el deporte.

jueves, 28 de junio de 2012

Apología del deporte

Cuando se habla de «minorías selectas», la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas.


Sin duda el deportista pertenece a esa clase de hombres que se exigen mucho y acumulan sobre sí nuevas dificultades y deberes, que no se conforman con lo que son sino que anhelan trascender las limitaciones que les impone su naturaleza. Desde siempre me ha causado extrañeza el fenómeno del deporte. ¿Qué es lo que busca el gimnasta tras una vida dedicada al cultivo del cuerpo?, ¿o el atleta que desde que tiene uso de razón se somete a los entrenamientos más exigentes? No es desde luego un deseo masoquista lo que anima al boxeador en su lucha por la victoria. Tampoco el afán de gloria y poder parece mover a miles de deportistas que triunfan en deportes minoritarios y de escasa trascendencia social. No, la cosa no va de esto. Se trata, más bien, de la búsqueda desinteresada de la excelencia, la virtud, que ya Platón intuyó antes de modelar la República y que ahora Ortega nos recuerda como el aspecto idiosincrásico del ser humano.

Este ideal de perfección, de excelencia que se pretende con el ejercicio deportivo no es un medio para conseguir la victoria, sino su presupuesto. No se busca la excelencia para vencer, sino que se vence porque se ha alcanzado la excelencia. En este sentido, cabe definir el deporte, lo mismo que el arte o la ciencia, como un esfuerzo progresivo de aproximación a un ideal solo estimable por el género humano y cuya consecuencia más inmediata consiste en la expansión de los límites que impone la naturaleza. En efecto, lo mismo que el artista, en su juego con colores, formas e imágenes, acaba ensanchando los límites naturales de su imaginación y sensibilidad, o el filósofo, que expande las fronteras del entendimiento humano con el cuño de nuevos conceptos en beneficio de la verdad, el deportista transforma para siempre los ritmos y procesos que le impone su naturaleza tras el ensayo continuado de su ejercicio acostumbrado. Porque, como pone de manifiesto cualquier expresión cultural, el hombre es ese ser que necesita ser otro, hacerse otro, para vivir. Y esto es lo verdaderamente misterioso.

viernes, 11 de mayo de 2012

Al Real Zaragoza en la víspera del todo o nada


Desde que moramos en el barrio de la miseria nuestras batallas son siempre las más duras, las más crueles. Nos lo jugamos todo en el último suspiro y dejamos víctimas a nuestro paso, la piedad volaría en la mudanza.

En el desagüe de la galaxia no manda el dinero, gobiernan los golpes y los empujones hasta que tiran de la cadena, ¡pobre al que le pille debajo!

Nos importan un huevo las coreografías blaugranas y las óperas madridistas, ¿qué coño es esa mierda?, sólo miramos el sustento del mendigo, nuestro vecino.

Ha llegado la hora, la treinta y ocho, la más tenebrosa, el momento en que los harapientos peleamos indiferentes a los estruendosos bostezos de los gigantes.

Samuel Porcel Dieste.