viernes, 29 de enero de 2021
Habitantes de ruinas
sábado, 23 de enero de 2021
Habitantes de la intemperie
Contrasta lo poco que conocemos de la ciudad cuando salimos al balcón y la miramos de frente con todo lo que nos importa poder hacerlo cada día. Una mirada fugaz, momentánea, pero que ilumina cada día haciéndolo salir del calendario y remontándonos, con él, al misterio de las cosas. Poder mirar cada día la ciudad desde el balcón. Uno de esos pequeños gestos que, pese a los informativos y modas telediarias, nos dicen que todavía estamos ahí. Estamos ahí, a la intemperie. Una intemperie que la consciencia de poder generada por la velocidad de los tiempos a muchos escamotea. Y que hace olvidar que quienes viajaban sobre el Titanic también eran habitantes de la intemperie, solo que no lo sabían. De ahí que venga bien de vez en cuando soñar con camas yaciendo bajo tormentas o máscaras atravesadas de abrazos eternos. Quizá, después de todo, aprendamos a ver en nuestros hospitales verdaderos albergadores de cuerpos desnudos, pero solo porque ellos también imploran rozar los cielos.
"La gran soledad de la persona singular es uno de los signos característicos de nuestro tiempo. La persona singular está cercada, está rodeada por el miedo, el cual va empujándola como si fuera un muro. El miedo toma formas reales - en las cárceles, en la esclavitud, en la batalla de cerco. Esto llena los pensamientos, los diálogos del hombre consigo mismo, esto llena tal vez también sus Diarios, en unos años en que no puede tener confianza ni siquiera en los que más próximos le son." (Ernst Jünger)
jueves, 14 de enero de 2021
Contra el derrotismo
La cura contra el derrotismo también está en uno mismo. O es lo que aprendí de las lecturas juveniles de estoicos y rebeldes. También del Único de Stirner, tan denostado, pero que mete el dedo en la llaga cuando habla de señalar el origen de tantas banderas e idolatrismos. Diríamos que el combate se libra en el interior, no en la discusión del café o saliendo a gritos y palas. Nos va en juego el porvenir, que de tan poco lo es todo. Casi nada.
Un compañero me preguntaba esta mañana que por qué creo todavía en la filosofía. ¿Pero cómo no voy a creer en la filosofía? Me he dicho. ¿Cómo no voy a creer en lo que, por definición, nos vincula, nos ocupa, nos implora? Claro. La cura está en reparar en la filia. No en la del prójimo, que ya pasó aquello de mirarnos a través del otro, sino en la propia, la que nos une a las cosas, a las de cada día, como el pan de la mañana, la pizarra del aula 24, el gorrito azul del alumno de la esquina, o aquella ventana. Mírala. Ahora abierta.
La cura está en reparar que, aún dentro de nosotros, tan adentro que ya no se puede sacar, hay filia, deseo, ardor, algo de verdad. La cura está en sentir que todavía hay mucho por decir, y por hacer, y por amar. La cura es fijarse, también, en lo sempiterno de las cosas, y de los días.
domingo, 10 de enero de 2021
Nieve blanca
lunes, 4 de enero de 2021
En un día sin niños
sábado, 26 de diciembre de 2020
Sueño de Navidad
A mi padre,
Cuando quedamos solos en el comedor familiar, mi padre me recuerda un suceso que hace muchos años tuvo lugar justo donde estoy sentado. Saca de un cajón una vieja baraja con las anotaciones sin tinta de mi abuelo.
Al leerlas, comprendo por qué se enfadó con él tanto aquel día.
Sueño de Navidad
domingo, 20 de diciembre de 2020
Acompañados
A mis nuevos compañeros,
Con las nuevas políticas educativas provocadas, o aceleradas, por la entrada de lo desconocido en la historia se está afianzando una tendencia que ya se anticipaba en tiempos de verdadera normalidad. Y es que ahora parece que los profesores, afanosos y de vidas atareadas, hemos de medir el valor de nuestros empeños por el grado de "seguimiento" que hagamos a nuestros alumnos. Un seguimiento que se hace extensivo a las veinticuatro horas del día y que los muros de las aulas ya no puede contener. Una infinidad de plataformas digitales se han abierto paso con la entrada del coronavirus, como anhelando un pistoletazo de salida para hacerse hueco en el mercado competitivo del digitalismo. Y ahora, sin comerlo ni beberlo, los profesores, ya digitalizados, ya hechos a imagen y semejanza de los nuevos modelos de enseñanza telemática, hemos de continuar siguiendo a nuestros alumnos en ese proceso formativo que se supone posibilita el seguimiento. Tareas inacabables, para ellos y nosotros, deberes interactivos, mandatos a cumplir unas directrices, marcadas por un sistema que no acabamos de saber muy bien identificar, pero del que constatamos que está cada vez más lejos. Y otro sin fin de correos cuyo cometido, cada vez más, es ya solo constatar que el seguimiento se lleva a término, pero como quien aprieta un botón para comprobar que los niveles de oxígeno son los adecuados y el animal enjaulado no se está asfixiando.
Una asfixia que ya está devorando a sus víctimas, apareciendo cada vez más alumnos desamparados, aquejados, apesadumbrados por torrentes de información que como los ratones del experimento ya solo saben girar sobre sí mismos. Así de apesadumbrada estaba la alumna que el otro día me confesaba que ella no es un número, o una nota, o un registro. Y lo quería gritar, a viva voz, y que el viento hiciera correr sus palabras, con la esperanza de que alguien la recogiera y multiplicara a todos los rincones. No soy una nota, me decía. Y me lo decía acompañándola, estando próxima a ella, lejos de los rieles por donde circulan el seguimiento y el registro. Me lo decía mientras las gotas de lluvia empapaban nuestras mejillas y ella se las sacudía para seguir proclamando. Un acompañamiento que me devolvió el lugar de la responsabilidad, de la autoría, del viejo maestro, atento a los pasos de sus alumnos para ver si continúan o se desvían por senderos de piedras y barro. Un acompañamiento que me devolvió una sensación hacía mucho olvidada, avivada por la mirada de quien espera una mano fuerte para cruzar juntos el camino.





